TERESA MIRA ECHEVERRÍA-FILOSOFÍA y CF por M.C.CARPER

Teresa Pilar Mira de Echeverría – Filosofía y Ciencia Ficción

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M. C. Carper para Amazing Stories Magazine: Hola ¿Quién eres? Preséntate con tus palabras, por favor.
Teresa Mira: A riesgo de ponerme a filosofar y hablar de existencia, esencia personal, imposibilidad de definiciones, etc… Vamos a lo concreto.
Mi nombre es Teresa Pilar Mira de Echeverría. A saber: un nombre heredado de una abuela, el otro de una advocación a la Virgen ―del lugar donde nací―, el primer apellido marcando una honrosa pertenencia a unos padres maravillosos e idealistas y, el segundo, adquirido gracias a mi opción de amor por un hombre increíble al que adoro.
Tengo un doctorado en filosofía (con una tesis dedicada a la mitología y a la ciencia ficción), una carrera interrumpida de astronomía, e intento dedicarme a lo que más me gusta, que es la ciencia ficción, dentro de ese marco de elecciones. De modo que procuro escribir, hago algunos ensayos y me dedico a la investigación de los temas y autores de la cf dentro del ámbito de un análisis simbólico-filosófico… o algo así.
ASM: ¿Obtuviste el doctorado con esa tesis?
T.M.: Sip. Lo que me llena de alegría porque pude unir, a mi amor por la filosofía, mi pasión desenfrenada por la ciencia ficción. La introduje un poco a modo de caballo de Troya, supongo. La tesis trata sobre mitología, símbolo y la metodología empleada para su análisis, y sobre el rol de la imaginación en todo este proceso; así que propongo a la cf como la mitología de nuestra época —lo cual resultó en que tuve que dedicar media exposición a defender la idea de creación constante de mitos y no la inclusión de la ciencia ficción—.
Específicamente traté el entramado simbólico del universo de Cthulhu de H. P. Lovecraft, Dune de Frank Herbert y la “trilogía”: VALIS (en castellano se tradujo como SIVAINVI), La invasión divina y La trasmigración de Timothy Archer de Philip K. Dick. Mil y pico de páginas que no sé si alguien leerá alguna vez… la voy a tener que serializar, je.
ASM: Me parece una buena idea ¡Valis! ¡Qué complejo ese Dick! Pero muy entretenido. ¿Cómo empezaste a aficionarte en la CF?
T.M.: En mi casa siempre fueron lectores ávidos y autodidactas durante generaciones (mi abuelo Jerónimo, un tipazo el anarquista, aprendió a leer sólo usando las etiquetas de las latas de conservas y terminó acunando una colección de Salgari y Verne envidiable; el otro abuelo, Domingo, un hombre bueno como pocos, era cambista del ferrocarril y llegaba a su casa para leer libros de astronomía. Se ve que es cuestión de genes. Yo los conocí a través de mis padres y su orgullo por ellos). A mi mamá le fascina la poesía, sobre todo Lorca y Machado, entre otras cosas. A mi papá, la literatura existencialista, por así decirlo, Dostoyevski y Víctor Hugo, como ápices. Pero los dos son personas muy abiertas. Y como en casa la libertad siempre fue lo primero, a eso de los nueve años estaba leyendo Crimen y castigo y memorizando Anoche cuando dormía.
A los diez años, más o menos, descubrí que la bibliotecaria del colegio no era como la pintaban mis compañeras y me hice tan amiga de ella, como una nena de diez puede serlo de una señora adulta. La cosa es que con ella conocí a Walter Scott y Julio Verne.
Algún interés en la astronomía despuntó a los once años y algo debo de haber dicho sobre la ciencia ficción, porque mi papá me regaló de pronto 2010 odisea dos de Arthur C. Clarke (sin 2001), pero eso bastó para dejarme fascinada por la ciencia ficción y para retroalimentar a mi viejo que se hizo fanático de Huxley, Simak y Bradbury.
En esa época comenzaba a salir una colección maravillosa en la Argentina (y, sobre todo, en Pilar, un pueblo con berretines de ciudad ―ciudad natal y en la que pasé media vida―, donde, entre otras rarezas exóticas, llegamos a estar años sin una librería ―sí, tiemblen de terror lectores, eso sucedió―). Me refiero a la “Biblioteca de Ciencia Ficción” de Hispamérica, que llegaba a los quioscos de revistas; los celebérrimos libros de cubierta azul y plateada. Como vengo de familia clase media cultural, pero clase pobre material, se hicieron esfuerzos sobrehumanos y pude tener una gran cantidad de ellos. Ahí conocí un tesoro de autores que me acompañarían a lo largo de mi vida: Asimov, Niven, Simak, Watson, Blish, Heinlein,  etc. De golpe el universo perdía todos sus límites y me sentí por primera vez en mi elemento, entre mi gente (aunque a la distancia).
Finalmente, a los quince, tuve mi revelación: Dune de Herbert, que me cambió la vida como lectura iniciática y, más adelante, con la aparición de Philip Dick y su Ubik, se afianzó la idea de una vocación a la que estaba ya ligada de por vida.
ASM: ¡Ufff cuanta info de un tirón! A ver, hablaste de genes. Una teoría interesante, siempre algún rasgo se tiene en común, aunque también enormes diferencias. Te lo aseguro, yo tengo tres hermanos y hay osas en las que no coincidimos ni un apice, je. Yo también leí 2010 antes de 2001 y Clarke me llevó de paseo por el Sistema Solar de una forma que nunca había conocido. Esa Colección de Hispamerica,  que mencionás, trajo la CF a todos aquellos chicos y no tan chicos que a mediados de los ochentas, conocimos a Dick, Niven, Heinlein, Clarke, Asimov… En esa colección no estaba Dune, pero yo sentía mucha curiosidad por esa saga por un articulo en Nueva Dimensión. Cuando me compré el libro, adoré la prosa de Herbert (que ninguno de mis amigos de aquellos días, aceptaba). En la misma época leí Fundación y mi camino al lado oscuro fue definitivo. ¿Cuando sentiste el impulso de escribir?
T.M.: Desde el principio de mis lecturas. Y escribía terriblemente mal. Con lo cual me descorazonaba un día y, al siguiente, empezaba de nuevo, medio ofendida en mi orgullo y medio esperanzada en mejorar.
ASM: ¿Era autocritica o tenías algún crítico en la familia?
T.M.: No, en mi familia siempre vieron lo que hacía como fantástico (y bueh, hija única). Pero ojo que mi viejo si te tenía que criticar algo lo hacía. Se ve que el amor era más fuerte. Lo bueno es que siempre me alentaron  a seguir escribiendo.
En realidad era a mí a quien nunca le gustó lo que escribía en esa primera época, pero las ideas las fui rescatando y reescribiendo una y otra vez a lo largo de los años hasta terminar en cuentos bastantes potables. Así que tanto no me deberían disgustar si no los tiré.
Con las novelas es otra cosa.
ASM: ¿Novelas? ¿Estás escribiendo una novela?
T.M.: A ver, con ese berretín medio omnipotente que tiene uno en la adolescencia escribí dos novelas: una de tipo ecológica que es para llorar de espanto, y otra medio experimental centrada más en los medios de expresión, en juegos de lenguaje y en la generación de estados de ánimo en el lector, etc., que resultó muy buena como catársis para mí misma —me hizo muy bien escribirla en lo personal—, pero muuuuuy densa para cualquier otro lector, lo admito.
En la actualidad hay una novela en producción y otra en mente. Pero, con los años, uno le tiene mucho más respeto a la novela de lo que la bravata de la juventud permitía. Ahora voy con más calma y trabajándola mucho más, casi obsesivamente. La reescritura es muy fuerte acá. Consulto con la gente que confío (Guille, Laura, la gente del taller, sobre todo), investigo mucho más, reelaboro, medito, bueno, “laburo” de veras. Y esto me ha permitido darme cuenta lo justo que es que, en muchos libros, el autor incluya una sábana de gente a la que le agradece su colaboración. Sin esos amigos y colaboradores, sería imposible hacer algo remotamente potable.
ASM: ¿Qué temas te gusta abordar en tus cuentos?
T.M.: La “otreidad”, la capacidad de convertirnos en otros ante nosotros mismos. Es decir, la idea de que somos más que una identidad cerrada, que somos algo en crecimiento constante. Pero, al mismo tiempo, somos también lo que no somos, es decir, que lo que excluimos o lo que negamos también nos define. Mis personajes sufren casi siempre transformaciones enormes, o la humanidad entera se halla tan transfigurada respecto de sí misma que es interesante ver qué la determina o si es necesario o posible definirla ya.
Creo, sin dudas que allí hay mucha influencia de Philip Dick y de Octavia Butler, pero con un giro propio. Amo la diversidad, la variedad, las opciones. Me gusta la riqueza que trae la diferencia: distintos modos de pensar, de amar, de ser. La diversidad cultural, el no encasillamiento, los juegos de opuestos que pueden unirse, el cambio positivo, la permanencia honrosa… soy medio heraclítea (aunque en mi vida personal soy bastante parmenídea).
Quizás, en el fondo, es la retroalimentación suave, lenta e initerrumpida entre realidad e imaginación lo que me interesa.
ASM: Te cuento que la primera vez que te leí (DEXTROGIRO), terminé el cuento y volví al principio. Había mucho que no conseguí captar, pero sabía que estaba ante algo bueno. Con la segunda lectura me resultó buenísimo. ¿Cómo construís un relato?
T.M.: Bueno, casi siempre a partir de una idea o frase suelta. En realidad nunca sé en qué va a terminar un cuento. Mi marido, Guillermo, tiene toda la historia armada en la cabeza cuando se sienta a escribir, admiro eso. Yo no sé que voy a poner en el renglón siguiente.
A veces construyo un cuento dando vuelcos de timón para alejarme de lo que “lógicamente” se seguiría en el decurso normal de los hechos, otras intento intuir un sentido a medida que avanzo (pero creo que en realidad escribo cuando logro que consciencia e inconsciente trabajen parejos). ¿Viste cuando parece que el cuento se escribe sólo y quedás sorprendido del resultado?
En una época tomaba una imagen (mucho Magritte) o música (según la época: Vangelis, Pink Floyd, Yes, ELO, Boston, Gershwin, Puccini, depende) y arrancaba desde las sensaciones. Mi primer cuento lo escribí escuchando The year of the cat de Al Stewart. Ahora trabajo un poco más con el inconsciente, a lo Bretón —pero sin comparar con su genio, por favor—: uno dos o tres palabras completamente al azar (algo que pienso o veo, etc.) y a partir de allí me pongo a construir una historia.  Por ejemplo, tengo un cuento que se llama “Fuerza laboral” que nació durante una reunión de las organizadas por Pestarini. Recuerdo que estábamos en un bar con muchos espejos, delante de mí había un vaso y cruzó por mi cabeza la palabra “perro”; así que anoté en una servilleta: “Desde el fondo del vaso, el espejo le ladró con fuerza”, y ahí nació el cuento. A veces me mando un mensaje por celular a mí misma con algo que se me ocurrió, pero en diferido, para dentro de dos o tres días y cuando llega es como una invitación a escribir. Creo que, por haber sido excesivamente racionalista en una época, me gusta soltarle la cuerda a la imaginación y ver que pasa cuando se aloca, y después recoger el hilo de a poco y seguirle la pista para desentrañar el sentido o crearlo. ¡Qué querés que te diga, mi ídolo es Dick!

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ASM: ¿Cuál es tu aspiración? ¿Fama?
T.M.:¡Nooooo! (¿Es esa la respuesta políticamente correcta, no?)
Bueno, en serio, fama no. Pero reconocimiento sí. A ver, reconocimiento en tanto persona, no como un talento que, honestamente, no creo que tenga. En resumen: me gustaría que me leyeran.
Me gustaría, en definitiva, decir algo que marque una diferencia, que deje una huella buena en el mundo (aunque sea en un rincón de él). Sé que uno escribe primariamente para sí mismo, pero también lo hace para los demás.
Cuando hago un ensayo me gustaría que todos lo leyeran, no porque lo escribí yo, sino porque hablo de gente muy pero muy grande: Dick, Zelazny, Delany, Lovecraft, Oesterheld, Herbert, Farmer; y ahí sí quisiera que la gente los conociese, que degustase los mismos placeres y cuestionamientos que ellos me hicieron sentir; y que saboreasen cómo se transfigura el mundo luego de leerlos. Es como querer compartir con los demás algo que es demasiado bueno como para que quede en uno mismo.
Cuando escribo un cuento, primero me exorcizo, luego vuelco sueños y, finalmente, pienso en una idea y un argumento que me gusten. Pero también pienso en el lector. Quisiera hablarles; no enseñarles, porque yo no tengo nada nuevo que enseñar, pero sí hacer surgir en ellos ideas nuevas, modos más amplios de ver el mundo (es fantástica esa sensación que uno experimenta cuando, de pronto, el universo se hace un poco más extraño, un poco más grande y un poco más rico en texturas existenciales de lo que era hasta hace un momento).
En el fondo, los escritores somos unos egocéntricos, no hay caso. Pero Sartre decía algo interesante: los escritores incómodos, los que dejan al lector con una espina clavada, tienen una función muy importante: hacer de puente o intermediario entre los problemas existenciales y el lector. Eso me gusta, no porque quiera jorobarle la vida a la gente, sino porque creo que es un rasgo distintivo del ser humano el preguntarse (y el tenerle miedo a la pregunta): ¿para qué miércoles estoy en el mundo?
 ASM: ¡Tal cuál! Es eso, Teresa. La misma reflexión de Rick Deckard al final de Blade Runner ¿Hacia donde voy? ¿De donde vengo? ¿Cuánto tiempo tengo? Cada vez que escribimos, estos interrogantes están presentes, aún en la novelita de amor más cursi. Hasta hace unos años, fantaseaba con la idea de que la muerte era algo que podía eludir, pero un día me di cuenta que hay dos cosas fundamentales en la existencia, comunes a todos: Nacer y morir. La cosa es que sé que voy a morir, y vos y todos los que leen esto. Somos como Roy Baty y por eso escribimos. Y esa pequeñez, bajo un universo de mil millones de galaxias con cien mil billones de estrellas cada una, nos hace concientes de lo inútil de la guerra o del enriquecimiento desmedido. Estoy seguro que más de una vez te encontraste reflexionando sobre esto ¿Puede ser?
T.M.: Mirá, hay algo increíble en eso que expresás. Platón le hacía decir a Sócrates que la filosofía era una preparación para la muerte, ¡qué tema! Tratamos todo el tiempo de evitarlo.
Mi viejo me decía siempre, con eso de disfrutar el momento, que podía ver el nacimiento como el inicio de la cuenta regresiva, y mi vieja le contestaba que hay algo más inevitable que la muerte: la vida… Bueno, ese es el problema, tal vez.
Quiero decir, ¿a qué le tenemos más miedo, a la muerte o a la vida? Creo que los dos temas son indisolubles y por eso se evitan los dos; si hablás de uno, inferís el otro. Los cuadros de santos solían tener en algún rincón una calavera, la idea era ponerte en perspectiva, dilucidar qué es lo importante, por qué cosas vale la pena luchar. ¿Qué voy a hacer con este tiempo que tengo?, ¿qué puedo, qué debo, qué quiero hacer (por qué no todo junto)? ¿Voy a la cosa en sí o surfeo por ahí haciéndome el tonto para no ver que es la muerte lo que hace valiosa a la vida? ¿Hay un sentido oculto o el propio vivir es un fin en sí mismo? Y sobre todo, ¿importa la respuesta o es la pregunta la valiosa? Es decir, a lo Le Guin en La mano izquierda de la oscuridad, lo bueno del misterio quizás sea el amasar, manosear, trabajar las preguntas profundas, formularlas sin esperar una respuesta, porque no son “problemas”, nadie te puede decir X = 42… vida y muerte son misterios y, por lo tanto, como decía Marcel, estamos envueltos en ellos y ellos nos jugamos. Para vivir hay que ser heroico, la vida es la más hermosa de las causas perdidas.
Por ahí lo más importante de Roy Batty no es lo que dice (que es el resumen más maravilloso de la angustia ante la finitud —y ante la infinitud— que he oído), sino que lo dice, que se lo dice a sí mismo y a Deckard. Que vale la pena decirlo, como un último desafío-esperanza. Es la maravillosa frase de Bradbury en Fahrenheit 451: lo importante es qué dejamos atrás, ¿somos el hombre que corta el césped o el jardinero? Cuando el hombre que corta el césped se va, dice Bradbury, bien podría no haber estado nunca allí; pero la mano del jardinero permanece en el jardín para siempre, sin él nada hubiera sido lo mismo. Tal vez por eso escribimos.
ASM: Cierto. ¿Qué es lo que te hace juzgar si un relato es bueno o malo?
T.M.: ¿Mío? ¡Uy! Primero, que no sea aburrido, ni pedante, ni sentencioso, ni una declamación científica (de la ciencia que sea). Segundo, que tenga cierta poesía interna, soy muy barroca. Tercero, que diga algo, que no sean sólo palabras lindas o historias interesantes pero huecas. Y cuarto pero, en última instancia, primero: que la gente en quién confío me diga qué le gustó y que pueda extraer de la historia, no tanto lo que yo quise poner, sino conclusiones propias (hace mucho que renuncié a comunicar “al pie de la letra” mis ideas e impresiones, la riqueza del lector es mucho más grande que la mía y es la única forma de superar la imposibilidad de comunicación básica: somos más solipsistas de lo que pensamos… A mi me gusta pensar que podemos ser, un poco a lo Leibniz, entes cerrados en nosotros mismos, pero hechos de espejos y, por lo tanto, capaces de reflejar en nosotros al otro y ponernos en su lugar). Y supongo que no hay que descuidar la intuición.
Uno nunca es muy buen juez consigo mismo: a veces somos despiadados y otras nos sobreestimamos, todo depende del día y la circunstancia, je, je.
ASM: Es verdad, yo no soy para nada buen juez de mis laburos, necesito que mi mujer miré por sobre el hombro y acoté esto o aquello. Nunca recibo estas criticas de buen grado, pero al final siempre entiendo que tenía razón ¿Te pasa lo mismo con Guillermo?
T.M.: Guille es súper delicado en sus críticas, no porque yo sea loca (que lo soy, trabajo las críticas lo mejor que puedo —aunque a veces duelan porque no es a vos a quien critican sino a uno de tus “hijos”, ¿no? Y eso ya es otra cosa—) si no porque él tiene un tacto increíble. Sabe como decirte algo sin que sea un demérito si no que te lo presenta como una oportunidad de mejorar. Además no me deja tirar nada de lo que corrijo.
Y como también escribimos juntos, eso ya nos da un ejercicio en saber cómo piensa el otro al escribir. Es raro, yo escribo a mi estilo, él al suyo, y cuando lo hacemos juntos, hay un tercer estilo que no es ni él, ni yo, es un nosotros diferente.
ASM: ¿Estás de acuerdo con los filtros de edición? ¿Quién debería realizarlos?
T.M.: Yo no tengo mucha experiencia con editores. Pero todas las que tuve han sido excelentes (Santiago Oviedo, un capo, editor de NM, por ejemplo).
Tengo la dicha de tener como amiga a Laura Ponce (editora de la revista Próxima) y, para mí, ella es el ideal del editor. Un editor que ayuda a darle al cuento el temple final.
A ver, uno, como escritor, forja y golpea y moldea al cuento; le pone arabescos y empuñadura, etc. Pero el editor le da el templado final que afianza el acero y lo hace dúctil pero filoso; ese temple es el que hace que la obra valga la pena. Creo que el secreto de Laura es que, además de ser una persona totalmente generosa, es también escritora y, como conoce este lado del mostrador y es buena gente, entiende cómo relacionarse con los escritores.
ASM: ¿Qué opinas de los neologismos?
T.M.: ¡Me encantan! Bueno sobre todos los de la ciencia ficción. Admiro mucho el análisis literario de la cf que hace Delany. Y tiene dos delicias lingüísticas que me parecen estupendas: el trabajo con neologismos (él cita los ornitópteros de Frank Herbert y Cordwainer Smith) y el juego con las metáforas, a veces, literalizadas.
Los neologismos son como los hijos de la experimentación colectiva con el lenguaje y las ideas (ojo, no hablo de tonterías que están de moda, sino de términos acuñados que encierran toda una historia, casi una mitología detrás).
Yo amo la ciencia ficción de los ’60, la New Wave, y ese movimiento representó una forma de escribir bien experimental, bien polémica, constantemente rompiendo con todos los límites (digamos que hay una especie de Biblia New Wave: Visiones peligrosas… Bueno, ese es el mejor ejemplo de por qué me gusta ―¿Ves? ¡Ahí hay un juego de editores de lujo que eran también escritores (Ellison, Pohl, Aldiss y, sobre todo, la increíble Judith Merril) y que dieron un impulso de renovación y crecimiento fantástico a la ciencia ficción―).
Hablo de experimentación formal, de contenido, etc.  Desde “El Hombre Pi” de Bester (con ese inicio donde la propia ubicación espacial de las palabras en el papel es importante) a “Jinetes del salario púrpura” de Farmer (donde no te deja un marco conceptual en pie). Y ambas formas de experimentar acuñan sus neologismos: palabras nuevas, productos de un lenguaje vivo que crece y muta, y que, en definitiva, reflejan el cambio de esquemas y las síntesis operantes en los demás niveles.
ASM:¿Qué es la CF para ti?
T.M.: Mi vocación, es decir, mi llamado. Mi manera de estar en el mundo. Mi mitología.
ASM:¿Tu mitología? ¿Esa respuesta amerita una extensión, no? ¿Podrías explayarte más?
T.M.: Bueno, la mitología (definición Mira Echeverría, je, je) es un faro, un mapa, un sistema de guía si se quiere. Los mitos presentan símbolos con los cuales guiarnos por lo profundo de la vida (no son explicaciones, implican que es distinto). Pero lo hacen de tal manera, que no te dan una receta sino que respetan tu propio modo de ser. Cada civilización, grupo, persona, tiene sus mitos, los que lo definen y ayudan. Para mí, la ciencia ficción es mi mitología, el modo de entender y descifrar el universo, la vida, a mí misma… todo. Es mi historia y es mi mapa.
Una vez leí en una página de Internet algo que me causó un gran impacto. Alguien contaba una anécdota maravillosa más o menos así (perdón si no la cito bien, pero la memoria es una gran tramposa a la que le encanta adornar las cosas y trastocarlas, gracias a Dios): cuando era chico, este hombre había visto Star Wars y había quedado fascinado. Un día, su madre lo llevó al dentista y, como premio por haber pasado tan bien la ordalía, al llegar a una juguetería o kiosco donde había dos sables láser de plástico, le pidió que eligiera uno porque se lo iba a comprar. Y ahí viene lo bueno. El chico mira los dos: uno rojo y otro verde. Y piensa: el rojo es más lindo, más brillante, pero el verde es el de los buenos… ¿qué hacer? Y el narrador concluye: “finalmente, aspiré hondo y elegí el verde. Ese día elegí mi destino”.
Bueno, eso es mitología, señores.
ASM: ¿Cuál de tus cuentos te es más querido? ¿Por qué?
T.M.: Uy, ¿a qué hijo se quiere más, he?
A ver, el primer cuento que tuvo buena crítica de verdad, es decir, que le gustó a la gente, es también el primer cuento donde me solté y dije: “ma’ sí, yo pongo lo que pienso y listo”. Me salió medio mítico, medio filosófico y medio poético (así al 150% porque no respeta dimensiones ni leyes). Tiene algo de duro y de astronomía, y muchísimo de introspección. Representa mis miedos y búsqueda de autoconocimiento. Y, por supuesto, tiene una pizca de trascendencia.
Bueno, por todo eso, el elegido es “Dextrógiro”. Cuando lo terminé me dije: “bueno, si seguís escribiendo así, por ahí hasta hacemos bien las cosas”.
ASM: ¿Crees que hay lectores para lo que escribes?
T.M.: Bueno, la certeza ya no es fe. Dice San Pablo que cuando veamos cara a cara ya no necesitaremos la fe porque tendremos la evidencia.
Sé que hay lectores para lo que escribo porque los conozco y te los puedo nombrar. No son muchos pero, ¡sí que son buenos!
ASM: ¿Tienes un e-zine favorito?
T.M.: Bien, yo comencé con Axxón y creo que es la mejor publicación que hay en internet. Lo digo por la calidad de su gente y de su obra. Y le sigo siendo fiel.
Además, gracias a Axxón conocí a mi esposo, me publicaron por primera vez, encontré a mi mejor amiga, ¿cómo no decir que me cambió la vida?
ASM: ¿Hay algún autor contemporáneo que sigas?
T.M.: A ver, seguir, seguir… a Ted Chiang, que me parece un monstruo maravilloso. China Mieville, otro genio.
También he visto algo de Susana Clarke y Michael Chabon que me dejó patitiesa. Y, en otro plano, Guillermo del Toro (junto a Hogan) me acaba de dar una grata sorpresa con su trilogía vampírica.
Ahora mismo estoy embarcada en la lectura de tres autores (porque suelo leer en paralelo y, si puedo, en el original, pero eso último lo hago de paranoica, nomás y lo primero de ansiosa): George R. R. Martin ―pero todavía en su faceta ciencia ficcional―  (Los viajes de Tuf),  Dan Simmons (Hyperión) y Neal Stephenson (Anatema).
También me encanta cómo escriben por el sur: Rodrigo Juri, Laura Ponce, Néstor Figueiras, Juan Manuel Valitutti y, por supuesto, mi marido, Guillermo Echeverría.
ASM: ¿Cuál es tu autor favorito?
T.M.: No es justo, uno solo, no. A ver, lo pongo de esta manera:
Cuando sea grande quiero contar historias como Frank Herbert, con las tramas e ideas de Philip Dick, el contenido liberador de Philip José Farmer, la filigrana literaria de Samuel Delany y el espíritu mítico de Roger Zelazny… ¡Menudo monstruo saldría!
ASM: Puede que ya lo estés haciendo. ¿Según tu parecer, Los autores de Cf colaboran entre sí o son individuos aislados?
T.M.: Colaboran. De chica creía en la figura del escritor romántico, solitario y atormentado. Luego me di cuenta que el surgir de buenos escritores casi siempre viene en “paquetes”: grupos enteros de genios salen a la luz apoyándose los unos a los otros. Ni Dickson, ni Vance, ni Sturgeon, o Gibson o Pohl o Silverberg, etc, salen solos, siempre hay un grupo. Lo de la endogamia asimoviana está bueno, somos un grupo chico, ¡lo único que falta es que nos dividamos o rivalicemos!
Las ideas de unos alimentan a otros, las críticas que te hacen otros te ayudan a  acrecer, y las tendencias a formar subgrupos internos agilizan la plasmación de nuevos universos o subgéneros.
En lo concreto conozco un montón de escritores talentosos y los veo sentados en la misma mesa del bar, intercambiando ideas. Y, en lo personal, tenemos una banda de amigos que son muy buenos escribiendo (ni que hablar de los locos lindos de nuestro taller literario que hasta tienen personajes colectivos) y que, por alguna razón extraña, me aceptan entre ellos.
De todos modos, creo, como decía Lévi-Strauss, que la creatividad es el justo medio entre comunicación y aislamiento. Medio como en el Eclesiastés, hay un momento para comunicar, intercambiar, apoyar y ser apoyado; y hay un momento para encerrarse sólo en el cuartito de escribir, rumiar la idea y darle forma desde uno mismo.
ASM: ¿Qué opinas de los ilustradores?
T.M.: Son mágicos. O sea, uno tiene una idea en la cabeza y después alguien lee tu cuento y lo pone en imágenes… y ¡zas! Es como si cobrara vida propia, más allá de tu idea rudimentaria, más allá del cuento incluso, como algo nuevo en sí mismo.
La gente que me ha ilustrado los cuentos no hace más que enaltecer mis garabatos literarios: Ahí tenés a Néstor Toledo que me pone la piel de gallina (me honró ilustrando “A su imagen”, “La lámpara de Diógenes” y “El obsequio”) ahora, hasta pienso cómo quedaría un personaje dibujado por él mientras lo escribo. En Axxón Valeria Uccelli hizo un dibujo conceptual de “Púlsar” muy interesante, y Fraga me ilustró “Dextrógiro”, un lujo. Bueno, ese mismo cuento también salió en Opera galáctica con un dibujo de tapa muy surrealista y que expresó otro costado del cuento, el mítico: fabuloso. Y hasta   tuve la suerte que mi último cuento publicado “Atuendo”, lo ilustrara Guillermo Romano, ¡qué decir, guau! (Claro que me está faltando un ilustrador de lujo… Vamos Carper, porfi… y no lo digo por compromiso porque vos sabés que tu obra me encanta).
Además las ilustraciones en sí son una fuente de inspiración (la anécdota de Vance y Velero 25 no tiene desperdicio), mucho de lo que escribo lo hago viendo las viejas tapas de Ultramar de Antoni Garcés [suspiro].
ASM: ¿Es importante la divulgación de las novedades CF?
T.M.: Como todo, sin comunicación (y aún no descubierta la telepatía) hay cosas que se pierden sin la divulgación. Hay escritores muy buenos afuera y adentro de Argentina que tardamos en reconocer sólo porque no sabemos que están ahí.
ASM: ¿Qué opinas de la autoedición?
T.M.: La respeto pero no creo que yo la utilizaría.
ASM: ¿Te animas a opinar sobre algún editor que te haya publicado? ¿O no te haya publicado?
T.M.: Bueno eso ya lo hice. Y de los que no me publicaron, ¿tal vez sean los más inteligentes?
ASM: ¿Ves televisión?
T.M.: Bastante. Series, películas clase B y toneladas de dibujos animados. Son como estudios culturales y además te divertís.
Antes miraba los canales de divulgación científica, pero ahora me enojo mucho con la sarta de pavadas que dicen algunos o las cosas interesantes que comunican mal otros.
ASM: ¿Qué opinas sobre los adelantos tecnológicos en la vida diaria?
T.M.: Que son inevitables. Algunos buenos, otros pésimos o prescindibles. La mayoría brindan una ventaja en la vida que es fabulosa: por ejemplo, un teléfono celular que tanto te puede salvar la vida o hacer que no te equivoques de Bar al ir a encontrarte con un amigo. ¡O un e-book que te permite tener toda una biblioteca en el bolsillo! En los talleres literarios y en las clases eso es fabuloso.
Pero siempre hay un precio que pagar por todo. Todo crecimiento exige un sacrificio. Y el precio por la tecnología es la libertad o, mejor dicho, la independencia. Con cada nuevo adelanto mejora nuestra vida, pero renunciamos a una libertad. Ahora somos dependientes de formas de energía, etc. No lo veo como malo ni bueno en términos morales, sólo como un hecho sobre el cual reflexionar. Después de todo, desde que se descubrió la palanca que esto viene sucediendo.
ASM: ¿Qué piensas de las nuevas formas de comunicación? ¿Y las redes sociales?
T.M.: Es interesante considerar varios aspectos.
Uno: la democratización de la comunicación. Ya casi no hay privilegiados, cualquiera puede informar, romper monopolios o hacer sentir voces oprimidas o censuradas.
Dos: mucha gente solo emite pero no recibe. Por lo que, la mayoría de las veces, la Internet se convierte en un cúmulo de soliloquios donde a todos les interesa muchísimo lo que ellos mismos tienen que decirle al mundo, pero no lo que dicen los demás.
Tres: jamás tuvimos tanta información tan fácilmente y eso es maravilloso. Aunque puede generar una especie de abulia o saturación. He encontrado libros que nunca podría haber adquirido de otro modo (por precio, lejanía, rareza, etc.); pero también veo que se pierde el ímpetu de la investigación porque lo que antes era considerado un esfuerzo normal, ahora es visto como algo engorroso, por ejemplo, ir a una biblioteca. Y, si sos escritor de ciencia ficción, la investigación es tu columna vertebral.
Cuatro: No todo el mundo accede a ella. A veces olvidamos que somos privilegiados. Existen millones de personas que no tienen Internet… ni electricidad… ni comida. Así que es un fenómeno revolucionario en un sector del mundo y, probablemente, termine afectando al otro sector que no accede a esa tecnología. Sólo espero que lo haga para bien (pero eso es más bien un deseo).
ASM: Ahora los chicos siguen aventuras a través de juegos de video o historias en cine condicionadas por el merchandising ¿Piensas que eso reemplazará a la literatura tradicional?
T.M.: Nop. Yo soy fanática de Star Wars y tengo un modelo de Ala-x y un Yoda en miniatura y te aseguro que sigo leyendo.
Al revés, muchos pibes buscan la novelización de su película o juego (como las viejas de Stackpole, por ejemplo). Los juegos de rol, si mal no entiendo, son una forma de creación impresionante y exigen ingenio, razonamiento y mucha imaginación. Y los chicos seguidores de Harry Potter leen en grande, te lo aseguro.
ASM: ¿Por  que piensas que la Cf es tan infravalorada en la opinión general?
T.M.: Bueno, creo que el problema viene de más lejos y la ciencia ficción recibe todo el peso de un golpe que ha venido tomando impulso desde hace siglos.
El problema se relaciona con el valor que le concedemos a la imaginación desde los ámbitos de poder (de cualquier clase que sea).
Si una imaginación “desbordada” era peligrosa en el medioevo; si la razón basta y sobra en la modernidad (y allá va la loca de la casa a parar al rincón de los trastos viejos), si cuando se habla de proceso de conocimiento no se la tiene muy en cuenta que digamos y, sobre todo, si se la considera un “escape”, “distracción” o “salida” de la realidad; es obvio que será denostada.
Pero el problema es que la imaginación es lo que nos define. Mirá, hay un espistemólogo muy famoso: Gastón Bachelard, se pasó la mitad de su vida descifrando cómo conoce el hombre desde el costado racional científico; cuando creyó que ya no tenía más que decir al respecto, se abocó a estudiar el otro componente del conocimiento: la imaginación y lo hizo a travésd e escritores, símbolos, etc. En ese momento dijeron: “Bueno, Bachelard abandonó la filosofía y la ciencia”. ¡No, para nada!
Si podemos adelantarnos a un acontecimiento, pintar toros en una cueva, elaborar un calendario, etc., es porque tenemos imaginación. La imaginación es, quizás, la riqueza más grande de la humanidad. Es la  fuente de la energía humana a nivel del psiquismo y la condición de posibilidad de todo cambio; el famoso “qué tal si…”
La ciencia ficción une los dos polos (racional e imaginativo, un pecado para muchos dinosaurios) y descerraja las puertas del infinito. Corre los límites. Por supuesto, eso suena a “fantasioso” porque tenemos un problema con la definición de la realidad, como si ésta fuese algo en sí misma y no tan subjetiva como la propia humanidad.
De este modo, la ciencia ficción carga con el peso y la culpa de la imaginación y, por ende, es descalificada desde los atrios de los “prestigiosos”  e, incluso, desde dentro, cuando se la empobrece o vanaliza.
Yo no tengo vergüenza de decir que escribo ciencia ficción; para mí no es ningún encasillamiento ni mucho menos, es liberación. Lo mío no es ni realismo mágico, ni literatura barroca, ni nada por el estilo. Sé que le cuadraría mejor el nombre (que me gusta más, incluso) “ficción especulativa”; pero “ciencia ficción” es ya el nombre popular, es su marca de identidad (aunque haya superado sus constricciones originales) y yo la defiendo a capa y espada, en los claustros, en la calle y en las clases de divulgación… Pero tampoco me quita el sueño que un Vargas Llosa la reivindique. Me basta con tener a Damon Knight entre los miembros de su mesa redonda.
Lo popular (no lo vacuo o chabacano, sino lo que el pueblo se apropia) no es malo, es auténtico. Y, entre la élite y el pueblo, siempre voy a estar del lado que transita por untuosas, imaginativas e incómodas calles de barro.
ASM: ¿Imaginas que algún día conquistaremos el espacio como en Star trek?
T.M.: ¡Eso sería bueno! ¡Cuando era chica era mi juego preferido: navegar por el espacio en un sillón de jardín puesto al revés!
Pero no como en La Próxima generación, donde el Enterprise es más bien un crucero de lujo con spa incluido. Me gusta la versión de Deep Space 9, con choque de culturas, cuestiones morales complejas, etc.
De todos modos no creo que sea igual a eso ni un poquito.
ASM:  Yo tampoco. Creo que Gene Roddenberry lo basó todo en la fuerza naval americana (Idem Matsumoto, pero japonés, con Crucero Espacial Yamato), para mi el espacio es diferente. Si sobrevivimos como especie, tal vez lleguemos a las estrellas, pero dentro de mucho tiempo. ¿Si hubiese un holocausto climático o ecológico ¿Qué harías?
T.M.: Bueno, con Guille tenemos nuestro kit de supervivencia urbano (antivampirro, antizombie, etc.): buscaría tierras altas (o me atrincheraría en al azotea del piso 21), llevaría un par de libros fuertes (un poco como el final de “La máquina del tiempo”, la película de Geoge Pal) y me aseguraría de ir con amigos a mi lado.
Sería terrible, sería como un exilio a ninguna parte.
Y resistiría hasta que fuese el momento de reconstruir, algo que seguramente le pertenecerá a otros.
Igualmente, en el momento inicial, sé que lloraré, putearé, rezaré y luego empezaré a desesperarme, hasta que agarremos la mochila y emprendamos el viaje.
ASM: ¡Qué bueno! La mayoría de las personas, responden que morirán a esta pregunta y no les creo mucho, hasta los suicidas van a patalear si ocurriera un holocausto. ¿Cuál es tu película de CF favorita?
T.M.: Blade Runner, el corte del director (el del unicornio y donde se infiere que Deckard es también un replicante). La adoro. Es un muy buen ejemplo de una obra de arte ―la de Ridley Scott― que crece a partir de otra ―el libro de Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?― y que se constituye en algo completamente independiente de aquella.
Lo fascinante es que, a partir de quitar la parte más esencial del libro (la religión mercerista) y de invertir algunos de sus postulados (superpoblación en lugar de despoblación, etc.); logra comunicar el mismo mensaje que Dick. Es una alquimia impresionante.
ASM: ¿Crees que los autores de Cf son nerds o ratones de biblioteca despegados de la realidad?
T.M.: No, no lo creo. Pero ser nerd tampoco es nada malo. En mi época se los llamaba “traga” y yo pertenecía orgullosamente a sus filas. Jugar ajedrez, coleccionar cómics, usar remeras del Dr. Doofenshmirtz, leer ciencia ficción y estudiar física pura, no te desconectan de la realidad, al contrario.
Los temas de la ciencia ficción son científicos y políticos, filosóficos y sociales, antropológicos y literarios. Pero, es cierto, un escritor de ciencia ficción nunca navega sobre la superficie de la realidad, ni siquiera bucea en ella; sino que la extrapola, la desfigura, la somete a mutaciones, y la lleva al límite (igual que un mito), no para ver lo aparente o lo oculto, sino para verla. Y es ese ver revelador el que habla de la realidad porque llega hasta su corazón y porque la supera. Y porque, en definitiva, hablando se eso, el escritor habla de sí mismo.
ASM: ¡Ahh! Tú eras la versión femenina de Sheldon Cooper de Big Bang theory. ¿Cuál fue el último cuento de Cf que leíste?
T.M.: “La casa del si” de Barry B. Longyear (el escritor de Enemigo mío). Admirable desde todo aspecto. Todavía me sigue resonando.
ASM:¿Y los cursos que das? Habla de eso ¿Cómo empezó todo en la Fundación Vocación Humana?
T.M.: Bien, la experiencia en la Fundación fue muy buena, como “El sueño del pibe” (para los futboleros, la comparación le resultará más que suficiente). Durante casi dos años trabajamos de lleno en la ciencia ficción (la fantasía y el género fantástico) desde todos los frentes: divulgación, clases, investigación, reuniones, exposiciones, etc. Algo maravilloso. ¡Hasta teníamos el logo que nos hiciste vos, una belleza: el búho de la filosofía posado en el brazo de un robot! ¡Qué lujo!
Hicimos homenajes, dimos cursos, fuimos invitados por otras instituciones a dar charlas y mucha gente que no tenía ni idea de lo que era la CF se acercó. Ahora hay gente de otros medios, que nunca había imaginado que lo haría, leyendo Duna o La saga de los confines. Han surgido fans de Lovecraft o Le Guin, por ejemplo. Algo que nos gratifica inmensamente.
El Centro de Ciencia Ficción y Filosofía (CCFF) se formó para poder desarrollar esa veta y darle un marco y una sede, en definitiva, una posibilidad concreta. Hubo mucha gente que colaboró y a la que agradezco en grande. El Dr. Nante nos dio esa posibilidad quizás porque me conocía desde que era estudiante de filo y siempre estaba jorobando con la cf, hasta que a él también le llamó la atención, supongo (y porque es un buen amigo más que nada).
Pero este año las cosas quedaron en stand by por el viejo y vil metal, je, je. Una fundación no puede trabajar ad honorem y supongo que no llenábamos la cuota mínima de alumnos. Pero, ¿quién nos quita lo bailado?
Eso no significa que no sigamos investigando, eso sigue muy firme, pero en otro marco. Creo que esa faceta, en general, es mucho más activa en otros países que acá (hay universidades en EEUU e Inglaterra que tienen programas enteros de cf), pero es cuestión de seguir adelante. De todos modos en las cátedras, en los cursos, artículos, etc., uno sigue metiendo la cuchara de la cf. Y otras instituciones nos siguen invitando a dar charlas.
Por suerte se hicieron grupos fuertes a partir de esa experiencia. Ahora mismo el Taller de literatura de ciencia ficción, fantasía y terror con el que trabajamos (un delirio entre pares llamado “Los Clanes de la luna Dickeana”, parafraseando el libro, je) es hijo de esa época. Quizás sea esa la satisfacción más grande que he obtenido: una “banda de amigos” con un talento y una calidad personal increíbles (y dejame que los nombre porque les debo mucho a Maxi, Rox, Vero, Lex, Rolcon, Adry, Lau y Guille).
ASM: ¿Piensas que alguien leerá este diálogo?
T.M.:¿Además de vos, mi marido, mis padres y los amigos que yo jorobe para que lo hagan?
No lo sé.
Pero es lindo imaginar quiénes podrían ser, en qué circunstancias lo leerían y qué pensarían al respecto…
Por las dudas, si alguien quiere, que me escriba para saberlo.

Otros cuentos:
«Cortina de humo» con Guillermo Echeverría:
«Intercambio justo»
«La canción de combate»
«Púlsar»
Artículos de CF:
«La Imagen como Cuerpo en un análisis estructuralista en torno a Samuel R. Delany»
«La trama del vacío —O una única visión triple según Spinrad, Delany, Malzberg

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