Abraham Valdelomar, ¿se anticipó a Stephen King?

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Para los peruanos, Abraham Valdelomar es una gran promesa literaria truncada. Nacido en 1888, se convirtió en uno de los más importantes cuentistas del país, innovando el género de tal manera que muchos de sus cuentos se han convertido en clásicos indiscutibles de la literatura peruana, como pueden serlo El caballero Carmelo, El hipocampo de oro y otros. Falleció en 1919.

Su obra, constantemente reeditada, nos muestra a un autor, además de fecundo, interesado en su tiempo. Alejándose del costumbrismo, ambientó varias de sus narraciones en otros ámbitos, como la lejana China o los cada vez más modernos Estados Unidos de América, estos últimos, conocidos como los Cuentos yanquis.

La temática de sus cuentos abarcó el ámbito de la fantasía. Tenemos El último beso de Evans, sobre los esfuerzos de un fantasma por reencontrarse con su amada, Los ojos de Judas, con una aparición fantasmagórica que cambia la vida de un niño, El hipocampo de oro, hermoso cuento de amor y muerte, poblado de seres y circunstancias fantásticas, y el insólito Finis desolatrix veritae, o las terribles revelaciones que recibe un alma desventurada en el más allá, tras un suceso apocalíptico que ha acabado con casi toda la humanidad…

Pero además de estos recomendables relatos, existe uno, incluido dentro de sus cuentos yanquis, que genera sentimientos encontrados en el lector: El círculo de la muerte. De un lado, como ya se dijo, por su ambientación (los Estados Unidos de América), como por el argumento del mismo: un par de empresarios deciden montar un espectáculo que consiste en permitir al espectador presenciar la muerte (voluntaria) de un ser humano.

En efecto, Kearchy & Kracson, los afortunados socios de la empresa, tras constatar el creciente número de suicidios que se producen en su país, encuentran una atroz manera de enriquecerse gracias a los mismos: ofrecen a los suicidas un dispositivo que les garantiza una muerte tan espectacular como indolora,  a cambio de una recompensa pecuniaria a ser entregada a quien el suicida designe como beneficiario, cobrando además al público por el derecho de espectar dicha muerte. El macabro negocio acabará por escapársele de las manos debido al ingenio de uno de los suicidas… pero mejor lean el cuento, es imperdible.

Quien diría que en una conversación con el escritor Justo Vera Medina, se mencionaran las similitudes del cuento de Abraham Valdelomar con una de las historias de Stephen King, The Running Man, ( publicada en español con el título de El fugitivo), publicada en 1982, para la cual King utilizó el seudónimo de Richard Bachman. En dicha novela, las cosas son algo distintas: en el año 2025, el protagonista, Ben Richards, participa en un programa televisivo donde es perseguido por agentes encargados de hostilizarlo y, eventualmente, matarlo. Por cada hora que sobrevive, se le deposita dinero en una cuenta, dinero que pasará a sus beneficiarios en caso de morir. Es decir, nuevamente, tenemos la muerte (o la lucha por evitarla) como espectáculo.

Por supuesto, una novela permite un mayor despliegue de claves y críticas que un cuento. Y considero poco probable que King haya tenido siquiera noticia de esta historia de Valdelomar. Pero tal parece que ambos autores coincidieron en intuir que, tras los fastos de un sistema que supuestamente no pone límites para el enriquecimiento de sus miembros, se oculta una realidad dañina y negativa, en la cual la vida de un ser humano se traduce en la cantidad de dinero que pueda generar, viva o muerta. Muy pesimistas ellos, no ofrecen alternativa alguna al lector: las vidas pasan, los negocios continúan…

Daniel Salvo

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