Una frase atinada (con spoilers de Canción de Hielo y Fuego)

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Hay autores que son geniales para encontrar las palabras adecuadas y ponerlas en el mejor lugar. George R.R. Martin es uno de ellos. Es un autor que yo sigo con fidelidad desde que cayó en mis manos su cuento de ciencia ficción titulado “Los reyes de la arena”, ganador de un Hugo si no recuerdo mal. No hace tanto leí de él la novela de vampiros “Sueño del Fevre” que me hizo recordar lo bueno que es este autor en su manejo de la historia. Además, cansada de escapar de los spoilers de los seguidores de la serie de TV de HBO basada en su popular heptalogía inconclusa “Canción de Hielo y Fuego”, no me quedó otro remedio que leer los cinco libros publicados a pesar de que hubiera preferido esperar a que salieran los dos últimos y leerlos todos de un tirón.

Hubo una frase que me cautivó en el quinto libro de la serie, “Danza de dragones”, y es sobre ella que voy a hablar aquí. Así que si no has leído los libros, no sigas, incluso si has mirado la serie, porque esto sucede más adelante en la historia. Aunque, si eres un escritor como yo que diseccionas y miras con ojo crítico todo lo que lees, puede ser que no te importe enterarte de lo que sigue. En fin, continúa bajo tu propia responsabilidad.

En “Danza de Dragones” nos encontramos a una Daenerys reina de la ciudad de Meereen. Daenerys Targaryen, de la sangre del dragón, llamada la que no arde desde el día que penetró a la pira funeraria de su esposo muerto junto a los tres huevos de dragón fosilizados, saliendo ella sin cabello ni ropa, pero completamente sana y con tres dragones recién nacidos que mamaban leche de sus pechos. Daenerys desea aprender a ser reina antes de reclamar el Trono de Hierro en los Siete Reinos, e instaura un reinado benévolo en Meereen bajo la vigilancia de sus inmaculados, el cuerpo de élite de eunucos libertos que ella había comprado y que al actual momento le rinden sus vidas voluntariamente.

La antigua casta gobernante de la ciudad no está feliz de que la Reina Dragón les haya quitado el poder, cerrado las arenas de combate y liberado a los esclavos, y entre ellos se alza una especie de guerrilla bajo el nombre de Hijos de la Arpía que cada noche mata inmaculados de la reina. Daenerys había ordenado que los inmaculados patrullaran en parejas para evitar que los emboscaran. Pero esta madrugada le traen el cadáver del inmaculado Escudo Fornido. Cuando ella les interroga acerca de por qué él iba solo si debía patrullar en compañía, le informan que no estaba patrullando. Que iba a un burdel a buscar compañía.

La reina se sorprende, pues no comprende para qué un eunuco podría buscar una mujer. La respuesta del capitán de los inmaculados es demoledora:

“Hasta aquellos que no tienen las partes del hombre pueden tener el corazón de un hombre, Alteza. Uno ha averiguado que que vuestro siervo Escudo Fornido tenía por costumbre pagar a las mujeres de los burdeles para que se tendieran a su lado y lo abrazaran.”

Y aquí viene la genial elección del autor al ponerle palabras al pensamiento de Daenerys:

“La sangre del dragón no llora.”

¡Qué fuerza transmite esta sola frase! ¡Cuánto dolor en el corazón de una reina niña que quiere ser llamada madre! Para quien viene leyendo la historia de Daenerys por cinco larguísimos libros, desde que es un peón en las manos de su hermano Viserys hasta convertirse en dueña de su propio destino, esta frase es como un puñetazo en la boca. Lo dice todo sobre quién es Daenerys, lo que siente, lo que piensa, y cómo entierra ese gran dolor que siente por la muerte de uno de sus hijos para mostrarse fuerte como una gran reina que es. Martin nos enseña con esto que se puede hacer una escena dolorosa, sin caer en lo melodramático, pero dándole humanidad a su personaje. Lo más fácil hubiera sido caer en el error de mostrar una reina fría, que no llora ante la muerte del liberto, para luego necesitar introducir tal vez toda una escena de ella llorando en sus habitaciones y explicando que tenía que mantenerse firme porque era la reina. Y el autor, con una sola y genial frase puesta en el lugar adecuado, evitó esa necesidad. Aprendamos humildemente de él.

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