Estrategias de legitimación de la ciencia ficción en Cuba: estudio de un fracaso.

Por Fabricio Glez. Neira

Los argumentos que se utilizan para legitimar un fenómeno revelan más acerca de los obstáculos que se le oponen y los reparos de sus antagonistas, que de la propia visión que sobre el fenómeno puedan tener sus defensores. O al menos eso es lo que ha sucedido, en buena medida, con la ciencia ficción cubana.

Cuentos de ciencia ficción. Hurtado, Oscar (recopilador). La Habana: Dragón. 1969.

Estudiar el desarrollo de la ciencia ficción (a partir de ahora CF) en Cuba es presenciar los intentos de unos cuantos autores por imponerla sin conseguirlo. Hay dos períodos definidos con claridad dentro de ese proceso[1]. El primero se extiende de 1964 a 1972, le sigue un silencio de seis años, y el segundo comienza con la publicación de CF cubana en 1978, aunque se prefiere, supongo que por razones de orden sentimental, 1979 porque en ese año se incluyó la categoría de CF dentro del premio David.

Si aceptamos que hay dos momentos diferentes y claramente separados en la CF cubana, cabe preguntarse entonces qué tipo de relación, si hubo alguna, se estableció entre ellos. Entre las respuestas más mesurados a esta pregunta, se encuentra la de Ángel Arango, uno de los primeros escritores de CF en la isla, quien establece una discreta relación de continuidad porque, en su opinión, los integrantes de la segunda promoción repitieron algunos de los elementos fijados durante el primer momento[2]. Por su parte, las más optimistas proponen una relación de superación dialéctica entre ambos períodos, v.g., Daína Chaviano en su artículo “Veinte años de ciencia ficción cubana” donde, al describir las características del primer período, afirma que estos autores le prepararon el camino a los del segundo, y al dar las características de éste establece una comparación con el primero llegando a afirmar que se había producido una superación de los autores de este primer momento por los del segundo, lo cual es comprensible ya que Daína pertenecía a este segundo momento y es lógico que adoptara una retórica de progreso y superación. No obstante, si se miran las cosas con frialdad se percibe que sólo el entusiasmo justifica una interpretación tan parcial de los hechos.

La realidad es que después de los seis años de silencio hubo que empezar de nuevo, hasta el punto que el único autor del primer período que se mantuvo escribiendo, ya sin la calidad de antes, fue Ángel Arango, y que ningún escritor de los 80 llegó alcanzar las cotas de calidad literaria de los mejores cuentos de los autores de los 60, aun cuando en sus historias incorporaron nuevas temáticas.

Si en el 64 la CF cubana era un género que se estaba construyendo a partir de cero, en el 79 la situación no había cambiado mucho e incluso había empeorado. La ingenuidad de autores como Rosendo Álvarez o Lionel Lejardi (ambos aparecen en la antología Juegos planetarios) no se encuentra en ninguno de los escritores de los 60, mientras que la incoherencia de Alberto Serret (Un día de otro planeta, Consultorio terrícola) y la falta de talento de Richard Clenton Leonard (Expedición Unión Tierra) o del premio David del 84 por mencionar uno (Rafael Morante, Amor más acá de las estrellas), son tal vez el elemento distintivo de esta promoción. Creo que se puede afirmar con bastante seguridad que ningún autor del segundo período tomó como influencia decisiva a otro autor cubano del momento anterior. El canon literario continuó siendo en buena medida anglosajón: Asimov, Clarke, Bradbury; si acaso, para algunos pocos, Zelazny, Anne McCaffrey, Tolkien, y, como nota de novedad, los escritores soviéticos[3].

La evidencia de que esto fue así la tenemos ahora, cuando parece que asistimos a un relanzamiento del género gracias a una parcial normalización de la situación editorial, si se observa la obra de los autores más jóvenes: no se nota ninguna influencia de autores cubanos y sí de Robert Heinlein, Alfred Bester, Ursula Le Guin, Harlan Ellison, Orson Scott Card, William Gibson o Bruce Sterling, por mencionar algunos de los escritores preferidos como modelos por esta nueva promoción. Realmente, si por tradición se entiende una continuidad generacional basada en relaciones de influencia e identificación con una poética, entonces hay que aceptar que en Cuba no existe una tradición de CF.

Joyas de la ciencia ficción. Chaviano, Daína (recopiladora). La Habana: Editorial Gente Nueva. 1989.

Ahora, si han existido siempre autores dispuestos a escribir el género —con más o menos calidad— y un público dispuesto a consumirlo, ¿qué ha fallado entonces?

La CF cubana se desarrolló al calor de las posibilidades editoriales que se abrieron con el triunfo de la Revolución, sin embargo, a finales de los 60 el clima había comenzado a cambiar y al celebrarse en 1971 el Congreso de Educación y Cultura se inició una política cultural cuyo resultado el demasiado conocido por todos “quinquenio gris” de la literatura cubana. La CF cubana desapareció, entre otras razones, ya que ningún fenómeno tiene una sola causa, por no considerársele útil como instrumento para ayudar a difundir y construir el proyecto revolucionario dado que sus historias no se relacionaban con la “realidad objetiva”, o al menos con la versión de ésta que le agradaba a los funcionarios culturales. Basta sino con consultar la nota introductoria, anónima[4], que aparece en la antología Cuentos cubanos de ciencia ficción publicada a inicios del segundo momento:

Durante este período se publicaron varios títulos y no faltaban cubanos en las primeras antologías de ciencia-ficción que se editaron. Pero este auge prometedor fue languideciendo hasta quedar prácticamente dormido, decayendo hasta el extremo de convertirse en esporádicos los relatos que aparecían de cuando en cuando en algunas publicaciones periódicas.

A nuestro entender, esta decepcionante caída se vio marcada por distintos factores que de ninguna manera resultan inexplicables ni casuales.  El género de la ciencia-ficción, como todo exponente literario, necesita apresar la realidad histórica que lo rodea para poder reflejarla y, en su caso particular, proyectarla hacia el futuro con verdadera riqueza y sensibilidad. Y esto no se logró cabalmente en esa primera etapa. Lastradas considerablemente por la influencia de los clásicos norteamericanos e ingleses, nuestras primeras narraciones de ciencia-ficción no rebasaron el marco del entretenimiento y, mayoritariamente, se alejaron de la posibilidad, salvo alguna excepción, de reflejar características y peculiaridades que nos son propias: oportunidad de desarrollo científico, proyección en el futuro de la nueva sociedad que construimos, idiosincrasia, sentido del humor, entre muchas más.

La ciencia-ficción le cedió el puesto, como primer género nacido al calor de las transformaciones literarias, a la literatura policiaca. Y si estableciéramos una comparación entre ellas se notará el porqué. Apresando nuestra realidad, rica y dinámica, el género policiaco logra reflejar —aún sin características de escuela narrativa— la lucha que entabla nuestro pueblo apoyado por sus órganos de defensa contra el enemigo, ya sea patrocinado por la CIA o influido por las taras y rezagos del pasado en el caso de los antisociales.

El discurso no puede ser más transparente: la CF no era útil, luego, no había por qué concederle espacio, situación que no sólo afectó a este género, sino también al fantástico, que no ha conseguido reponerse. Más “adecuable” sin embargo, en la CF pareció corregirse ampliamente esta “indiferencia” política durante el segundo período hasta el punto de que al caracterizar la CF de ese momento, afirma Daína con deliciosa ¿ingenuidad?, en el artículo citado:

En el aspecto conceptual existe una coincidencia natural y espontánea con las obras de CF del campo socialista europeo. Así, encontramos como rasgos comunes entre una y otras: el optimismo que le confiere a su modo de vida actual, sin olvidar las necesarias e inevitables contradicciones; la lucha colectiva frente a las situaciones adversas; la actitud del hombre ante los problemas aparentemente insolubles y cuya solución —que tratan de impedir elementos ajenos a la voluntad del hombre— se logra a pesar de las dificultades; el cuestionamiento de la actitud moral del ser humano, etc.

El carácter “natural y espontáneo” de esta coincidencia no puede resultar más sospechoso en el contexto[5], y los rasgos comunes, curiosamente, se asemejan a los lugares comunes de un programa para aplicar, mal y rápido, los principios del “realismo socialista”: junto al optimismo no faltan las “necesarias e inevitables contradicciones”, es decir, aquello que debía reflejar la literatura cubana ideal de los 70: la lucha entre lo bueno y lo mejor; también aparecen, junto al colectivismo, esos “problemas aparentemente insolubles”, cuya solución parece sólo impedida por los elementos naturales ya que ningún hombre interpone su voluntad ante el empuje triunfante del humanismo socialista. El enigmático etcétera al final de la enumeración permite conjeturar la existencia de una extensa lista de semejanzas que, en opinión de Daína, por evidentes no necesitaban ser enunciadas. La realidad es que salvo en la obra del chileno Eduardo Barredo —que vivía y publicaba en Cuba—, en la de Agustín de Rojas y, con un aire de parodia involuntaria, en la de Clenton Leonard, estos rasgos rara vez se expresaron con la claridad que supone la cita de Daína. Los escritores de CF prefirieron, como mucho, referirse con vaguedad a una nebulosa Federación, integrada por los países socialistas que viajaban juntos al cosmos, contrapuesta generalmente al Imperio, probable heredero de los Estados Unidos de América, pero asumiendo el enfrentamiento ideológico como algo sabido, sobre lo que no había que insistir.

Horizontes probables Vladimir Hernández, Vladimir (recopilador). México: Editorial Lectorum, México, 1999.

La crisis editorial que provocó el Período Especial puso fin a este período, y con él desapareció el premio David, que fue el símbolo de esta época y la prueba de haber conseguido legitimar hasta cierto punto al género. A diferencia de la vez anterior, el silencio no fue total, y entre 1991 y 1998, se publicaron aproximadamente unos seis libros, lo que sin dudas no fue suficiente para mantener al género saludable y satisfecho a un público interesado.

Lamentablemente, la CF cubana no sólo ha tenido que sufrir la hostilidad circunstancial de algunos funcionarios o las restricciones de una crisis económica, sino la más sostenida aunque incruenta de los intelectuales, y bajo esta denominación incluyo escritores, críticos y editores. Esa hostilidad está, en cierta medida, justificada por dos razones:

  • la calidad irregular de la literatura de CF cubana, tanto de las obras individuales como de las antologías, donde la situación alcanzó cotas alarmantes en los 80, con libros donde se salvaban uno o dos textos —Cuentos cubanos de ciencia ficción, Juegos planetarios— o donde no había nada que salvar —Recurso extremo—.
  • la escasez de buenos libros de CF publicados en Cuba. Si dejamos afuera El año 2000 de Bellamy —una utopía muy envejecida—, cuatro de las primeras novelas de Wells y dos de Karel Capek, nos quedan, de verdadera importancia, Los mercaderes del espacio, El invencible, y Tres de Bradbury, donde se juntaron Crónicas marcianas, El hombre ilustrado y Farenheit 451. Aparte de eso están El sol desnudo, una novela menor de Asimov, y Alien, el octavo pasajero, que es una novelización mediocre. A esto podría sumarse varias antologías de mayor o menor calidad —las tres mejores, en mi opinión, Cuentos de ciencia ficción, El precio del peligro y Joyas de la ciencia ficción—. Luego están los libros de los autores socialistas entre los que cabe destacar las novelas de los hermanos Strugatski, pero esos escritores tampoco eran el mejor ejemplo a citar como literatura con calidad.

 

En esas condiciones, el desinterés de la mayoría de los intelectuales queda ampliamente justificado. Quizás, con el cambio que se está evidenciando dentro del pensamiento crítico cubano, termine por llegarle su momento a la CF, que por bastante tiempo ha llevado acá el rótulo de subliteratura, algo que debería resultar insostenible para nuestros posmodernos, si pretenden ser coherentes con su estética.

Claro que parte de la responsabilidad de esta situación la tienen quienes se encargaron de defender el género: para el primer momento atenderé brevemente a las ideas de Oscar Hurtado, mientras que para el segundo me detendré en las de Daína y para la década de los 90 he escogido el prólogo de la antología Horizontes probables, publicada en México en 1999 y casi totalmente desconocida en la isla. Como no se puede decir que en Cuba se haya teorizado sobre la CF, para tener una idea de qué pensaron estas personas me atendré al prólogo de Hurtado a su antología de cuentos del 69, al prólogo que escribió Daína para Joyas de la CF y los artículos antes citados, el primero de la revista Unión y el segundo del número de octubre/noviembre de 1987 de Letras Cubanas, excepcionalmente dedicado al género. Se impone, sin embargo, una revisión cuidadosa de las publicaciones seriadas cubanas para comprobar si existen o no otros textos relacionados con este tema.

Las ideas de Hurtado toman dos líneas fundamentales: la CF es una forma de ficción predictiva —predijo los viajes a la Luna, la televisión, la vida extraterrestre, la bomba atómica, etc., los científicos llegaron después a esas conclusiones— y la CF puede rastrearse ampliamente en el pasado y en todas las culturas —cualquier mención de objetos voladores, rayos de la muerte, etc., deben interpretarse como CF al ser parecidos a objetos o fenómenos que existen ahora, así, la Biblia es CF, o al menos tiene elementos—. Como tesis las dos hipótesis son inaceptables, aunque no fue el único en formularlas[6].

Expedición Unión Tierra. Clenton Leonard, Richard. La Habana, Cuba. Colección Espiral. Editorial Letras Cubanas, 1981.

Es cierto que la CF es el género literario que se ha ocupado de explorar las posibles consecuencias del conocimiento científico y sus aplicaciones, sea de un modo directo o indirectamente. Ejemplos del tipo directo son las historias sobre la guerra atómica o las historias ciberpunk donde se explora las consecuencias de la interfase hombre/máquina; del tipo indirecto podrían ser todas aquellas historias donde los gadgets no son la causa directa del conflicto, pero sí parte indispensable para que éste se desate, v.g., el papel que juega el viaje más rápido que la luz en narraciones sobre la exploración de la galaxia o sobre imperios galácticos. Pero la CF es ficción, luego no debe ni en realidad se atiene, al conocimiento científico al pie de la letra y su relación con la ciencia es más distante de lo que podría esperar una persona ajena al género. Baste con un ejemplo. En su artículo “A Gadget too Far”, David Langford se refiere a una novela clásica dentro de la CF dura: Ingenieros de Mundo Anillo, de Larry Niven:

Pero el truco más hilarante del libro incluye los superconductores orgánicos. La civilización de Mundo Anillo cae cuando una bacteria se come los mencionados superconductores. ¡Ahora nuestros héroes recorren el mundo, reactivando antiguos aparatos al conectar nuevos tramos de superconductores entre probables terminales! Para disfrutar esto, imagina la desaparición de todos los chips de silicio de nuestra propia tecnología, y la vuelta a la vida de un equipo de música o de una computadora personal cuando amables alienígenas conecten pequeñas barras de silicio entre las terminales encontradas fuera de cada aparato.

Esta presencia de la ciencia en los textos, aunque sea de una forma literaturizada, ha sido la causa de que muchas personas, incluyendo algunos autores, crean que la CF es una forma de predictiva. En realidad, la mayor parte de los escritores de CF no dicen que sus historias tengan alguna relación con la futurología, más bien intentan crear entornos científicamente plausibles, es decir, proponen que podría ser así, no que será así.

Tampoco se puede rastrear libremente en el pasado en busca de textos de CF. John Clute y Peter Nicholls han señalado con inteligencia en La enciclopedia de la CF que éste es un género impuro y que los elementos que lo componen habían aparecido por separado mucho antes, v.g., el viaje fantástico, la utopía o el cuento filosófico. Sin embargo, no podemos hablar de un género hasta que no exista conciencia de su existencia como tal. Eso, de primera intención, elimina la hipótesis de que la CF es tan antigua como la literatura y, por tanto, es inútil rastrear en las literaturas tradicionales en un intento de crearle un linaje distinguido al género. Como cualquier otro género literario, la CF no sólo posee su propia historia, sino que está imbricada dentro de la Historia, y por eso se puede fijar con más o menos exactitud su momento de inicio: el siglo XIX. Dos elementos me parecen esenciales como condiciones previas a su aparición desde un punto de vista extra literario: conciencia del progreso científico y su incidencia en la vida diaria, y conciencia del cambio social. El inicio de esa toma de conciencia se puede situar sin demasiados reparos en el siglo XVIII con la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Además de que es en ese siglo cuando se fija por un lado la novela como forma literaria y por otro empieza a deslindarse el campo de la ficción de la no ficción y dentro de éste sus modalidades, v.g., el ensayo, el informe científico, etc.

Por su parte, Daína legitima la CF a partir de dos aspectos:

La CF viene a preparar el camino a las increíbles verdades y perspectivas que se abren ante nosotros, es decir, que es parte de la preparación psicológica previa que el ser humano necesita para adaptarse a un mundo continuamente en transformación.

La idea de la literatura como terapia social es tan vieja como la Poética de Aristóteles, aunque este ajuste de la CF como cura del “shock del futuro” no deja de resultar original, lo que no significa que me parezca serio, y, de hecho, pienso que no merece mayor atención, salvo como una muestra de los mecanismos de defensa que crea el estar al margen, muestra de una necesidad de protegerse de la acusación de futilidad al ofrecerse como una forma de terapia útil para mejorar la capacidad personal para adaptarse a un entorno cambiante. El otro aspecto significativo para Daína es el del compromiso:

Aunque los primeros autores de CF advirtieron antes que nadie sobre las consecuencias de la Revolución Científico-Técnica, el género fue calificado como “escapista” casi desde sus comienzos. Estos ataques cesaron bruscamente cuando la primera bomba atómica explotó en 1945. Con ello se demostró que la CF estaba mucho más comprometida con la realidad de lo que se pensaba.

Como respuesta indirecta a la nota introductoria de la antología Cuentos cubanos de ciencia ficción antes citada, es ingeniosa, y se sitúa además a cierta altura, sugiriendo que la CF está comprometida con la Humanidad, más allá del momento histórico. Donde me parece que falla es que va al campo de juego del adversario y eso siempre es incómodo, como mínimo.

En realidad, no hace caso hablar de compromiso, aunque la idea de que existe una literatura “comprometida”, y que ésa es mejor que el resto, ha sido una suerte de sonsonete a lo largo del siglo XX. Discutir esto queda fuera del propósito de estas líneas, valga aclarar, no obstante, que la literatura tiene, entre otras, un función social —lo que sólo significa que es un hecho social—, pero la cuestión del compromiso entierra sus raíces en lo político, es decir, en lo extraliterario y circunstancial, lo que significa que una obra cuya única característica distintiva sea el compromiso es efímera —como dijera Borges, el intelectual no debe ocuparse de la realidad “inmediata” porque ésta siempre va con atraso—. El compromiso no es necesariamente una virtud en la literatura y mucho menos la justificación de un género.

Finalmente, uno de los escritores de la década de los 90, es decir, de este tercer momento en el que todavía estamos, Vladimir Hernández, en el prólogo a Horizontes probables, va a dar otra justificación, no menos pretenciosa, pero al menos un poco más ajustada a lo específicamente literario. En su prólogo, confuso y con el tono enardecido de los viejos manifiestos de la vanguardia, va a legitimar al género apelando a dos argumentos:

  • Primero, va a refugiar a la nueva CF bajo una curiosa mezcla de supuesta influencias, que no ignoran a Lezama o a Borges, a narradores norteamericanos de la CF de los 80 como Sterling o Gibson, o al policiaco negro de Chandler, en oposición a la vieja CF, cuyos referentes literarios limita a Clarke y a Asimov, convenientemente demonizados como malos estilistas. Esto debería proteger a la nueva CF extendiendo sobre ella el manto de la “alta literatura” y reclamando para ella un estándar de la calidad que, en mi opinión, la antología no satisface. Definitivamente, la CF cubana está lejos de haber arribado, como piensa el antologador y prologuista, a su “mayoría de edad”; más bien sigue estancada en una incómodamente larga adolescencia.
  • Segundo, anuncia que los relatos que componen la antología especulan sobre eventos que, aunque no han sucedido, podrían esperarnos en el futuro y, por tanto, tratan de describir, de antemano, cuál podría ser nuestra respuesta cómo especie o cómo individuo, según el cuento en particular.

 

No es este el lugar para discutir si los cuentos de la antología cumplen lo que promete el prólogo. Baste señalar, para lo que nos ocupa, el cambio: Vladimir Hernández, consciente de las excusas habituales de los escritores de CF en la isla y de los defectos que se les ha señalado, reclama una vinculación con la alta literatura que, aunque es más una aspiración que una realidad, trata de poner fin a una de las estrategias más comunes utilizadas para deslegitimar el género y lleva la discusión a donde le corresponde: al plano literario. Además, busca anotarse un tanto al señalar que la CF puede responder a interrogantes que todavía no se han planteado en la realidad, aunque cabe imaginarlas, y que a su vez el género puede arrojar luz sobre zonas de nuestra realidad tecnológica que la literatura del mainstream ha dejado de lado o no sabe enfrentar.

Sin embargo, el mayor error de estas defensas de la CF está en ignorar un hecho de capital importancia: la CF no necesita defensa. Es una forma de ficción narrativa que no precisa más justificación que cualquier otro género literario, v.g., el mainstream o el policiaco. Tiene sus marcas genéricas específicas, pero estas marcas están convencionalmente fijadas y tienen dos funciones esenciales:

  • servir de reglas más o menos fijas y más o menos respetadas para los creadores
  • servir para que los receptores puedan identificar a un texto x como perteneciente al género

 

Si la CF necesita justificación, entonces toda ficción literaria la precisa, y creo que una buena respuesta a las que la demanden son las palabras del teórico de la literatura Wolfgang Iser  al tratar de hallarle una respuesta a por qué se escribe ficción, en su ensayo “La ficcionalización: dimensión antropológica de las ficciones literarias”: “Sabemos que hay cosas que existen, pero también sabemos que no podemos conocerlas, y éste es el punto ante el que se despierta nuestra curiosidad, y por eso empezamos a inventar“. Ignoro si la propuesta de Iser es cierta, pero creo que ese indagar en lo desconocido es algo que todo escritor de CF puede suscribir.

 

Bibliografía:

  • “A Gadget too Far”. Langford, David. users.zetnet.co.uk/iplus/.
  • “Cita con el futuro”. Pedro, Alina. Letras Cubanas, octubre/diciembre, 1987.
  • Cuentos cubanos de ciencia ficción. La Habana: Letras Cubanas. 1980.
  • Cuentos de ciencia ficción. Hurtado, Oscar (recopilador). La Habana: Dragón.
  • The Encyclopedia of Science Fiction. Clute, John; Nicholls, Peter. New York: St. Martin’s Griffins.
  • Joyas de la ciencia ficción. Chaviano, Daína (recopiladora). La Habana: Editorial Gente Nueva. 1989.
  • “Para una bibliografía de la C. F. cubana”. Chaviano, Daína. Letras cubanas, octubre/diciembre, 1987.
  • Teorías de la ficción literaria. Madrid: Arcos/Libros, S. L. 1997.
  • “Veinte años de ciencia ficción en Cuba”. Unión, junio-agosto, 1986.

 

Sobre el autor:

Fabricio González Neira. La Habana, 1973. Letras 2001. Ha publicado crítica y ensayo. Traductor de la edición cubana de 1984 de George Orwell.

 

[1] La primera en definir tales períodos con precisión fue, probablemente, Daína Chaviano, pero atendiendo para ello a un criterio estrictamente bibliográfico (“Para una bibliografía de la ciencia ficción cubana”). Antes el tema había sido tratado con ligereza por la propia Daína y por Ángel Arango, quien refiriéndose al primer período habló de un “ininterrumpido  curso editorial” que se extendía hasta el año 1979, lo cual, como demostró el artículo de Daína sin ánimo de polémica, es inexacto.

[2] Los elementos fijados según Arango en el primer momento que se repiten en los autores del segundo son demasiado banales para establecer ningún tipo de continuidad seria: sentido del humor e interés en la sensualidad. Cuesta aceptar que lo haya dicho en serio.

[3] Es interesante la relación que establecieron los escritores cubanos con la CF soviética en específico y de los países socialistas en general. Es discutible la importancia de la influencia de la CF del campo socialista sobre el género en Cuba. Lamentablemente, nada se ha escrito sobre el tema.

[4] La autoría de esta nota puede atribuirse casi con seguridad a Juan Carlos Reloba, recopilador de buena parte de las antologías del género publicadas en la década de los 80 y editor en específico de ésta.

[5] Hay que entender que la mayoría de los funcionarios culturales cubanos de los 70, e incluso de los 80, vivieron su infancia, y en ocasiones su adolescencia, antes del año 59 por lo que conocían la CF básicamente por las películas y los cómics norteamericanos, luego la CF era un género literario que, por un azar de memoria histórica, se identificó con “el enemigo”. Enseñarles que había una CF socialista y establecer una relación de identificación entre ésta y la cubana fue una solución, dada la circunstancia, inteligente.

[6] En la entrevista a Juan Carlos Reloba, que aparece en el número antes citado de Letras Cubanas, éste afirma: “Estimo que sólo en la medida en que el escritor de este género logre conjugar con acierto las categorías dialécticas de realidad y posibilidad, adueñándose de la primera en todo su alcance para poder reflejar con certeza la segunda, estará en condiciones de predecir el futuro de una manera creíble, fundamentada, que nunca decepcionará al lector [el subrayado es mío]. Otro de los entrevistados es F. Mond, quien no teme afirmar que la CF es “tan antigua como el hombre mismo” ya que es “eso que llaman imaginación”, y en el origen del pensamiento mágico encuentra Mond el nacimiento de la imaginación, con lo que, podemos concluir si seguimos su idea, para él los mitos y las religiones son formas de CF.

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