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EL ATAQUE DE LOS CUBANOS SOBREVIENTES

Cartel-de-Juan-de-los-muertos

El domingo pasado presenté (a pesar de los terribles problemas técnicos) una visión crítica de la película cubana “Juan de los muertos”.

Sí, me dirán algunos que como yo están hartos de que nuestros monstruos se conviertan en moda por culpa de unos cuantos desadaptados que no se atreven a entrar en el lado oscuro en la vida real (Los que me conocen saben que siempre digo de esa popular escritora de novelas de vampiros que no chupan sangre y son buenos y que para colmo tienen hombres lobos que protegen a los humanos: “Niña, si quieres tener como amante a un gánster, ¡Búscate uno que te haga el favor y deja en paz a nuestros monstruos!”). Y es que cómo no aburrirse de esta moda zombi que poco tiene de la crítica a la sociedad de las películas de Romero. Recuerdo la primera impresión que me causo “night of the linving death”. La vi años después de estrenada (la edad no me permitió verla antes) y sabía muy bien de su fama. Entendí el porqué. Atreverse a poner como héroe a un personaje de color, mostrar a una niña comiéndose a su madre, quizá los efectos especiales no eran de lo mejor, pero las convenciones que trasgredía sí que lo eran.

Desde el principio estuvo claro para mí que esa película hablaba de la otredad, pero el “otro” no era el muerto viviente (Romero nunca habla de zombis), el “otro” era el que trataba de sobrevivir al caos que infectaba la sociedad. Esa imagen me quedó más clara en la segunda película, en la cual los zombis se mueven por el centro comercial con esa estúpida musiquilla de fondo. Era obvio que la sociedad nos volvía zombis querámoslo o no. La prueba es la manera como el último sobreviviente en la primera película es asesinado por los “buenos”, es decir los militares.

Qué diferencia con los zombis actuales. Es claro que el “otro” es el zombi y que se convierte así en el “enemigo de la sociedad”, en el “extranjero”, en ese ser que es diferente a nosotros y que solo por esa razón tememos. Inclusive se han atrevido a hacer una película de tonos romanticones: si es posible redimir a los vampiros, entonces también se puede redimir a los zombis. ¡Qué poco respeto nos tiene el “maistream”!

Felizmente hay gente con imaginación que todavía hace cosas interesantes. Al lado de tanta historia de amor vampírica para jovencitas frustradas soñando con enamorarse del “chico malo”, hay un “True blood” que nos obliga a reflexionar sobre el temido otro ¿Y si encontráramos una manera de que el “otro” se volviera “inofensivo”, se acabarían los problemas, seríamos capaces de aceptarlos como a uno más de nuestra preciosa sociedad? La respuesta no la encontraremos ni en los libros de Charlaine Harrys, porque no es tan simple y por eso logran retratar tan bien la complejidad del ser humano.

El director argentino Alejandro Brugués nos entrega en esta co-producción cubano-española una diferente alternativa al “otro”. Y es que desde la otra frontera del espectro político el “otro” sigue siendo el extranjero enemigo del orden social imperante. Sin embargo a diferencia de las películas de Hollywood en donde jamás se nombra al otro (inclusive muy pocas veces queda claro la causa de la pandemia zombi), en esta película sí se hace. Por eso en cuanto los ataques empiezan, se habla de “un pequeño grupo de disidentes pagados por el gobierno de los Estados Unidos para quebrar el sistema”… dudo mucho que esa sea el “otro” representado en los tradicionales apocalipsis zombis.

La película por supuesto es una fuerte crítica a la sociedad en general y a la cubana en particular. Se burla de los individuos que se aferran a un ideal ya ilusorio y se niegan a ver los errores cometidos; ellos están representados por el reportero de televisión que insiste en decir que los “disidentes” ya han sido controlados y que todo ha vuelto a la normalidad, mientras que las escenas de masacres continúan y cada vez que aparece en la tele, el mismo reportero se ve más cansado y abatido. Por otro lado critica a quienes ven la salida del país como única solución, sin prepararse para ello, sin tomar en cuenta que van hacia un futuro incierto y se representa con una fuerte imagen de las barcas abandonado la isla, solo para encontrarse con un mar plagado de zombis. ¿Y si la solución resulta más bien la perdición?

En medio de esa sociedad dividida entre dos ideales irrealistas, se encuentra Juan y su manera de ver las cosas que puede parecer en un principio pasiva y comodona, pero que en mi opinión representa bien una característica del pueblo cubano: la adaptación.

Juan lo dice bien al principio de la película: es un sobreviviente. Ha sobrevivido a toda la historia de su país, a todos los sistemas, a todos los fracasos. Así pues representa a una parte importante de la población de ese país, porque como él muchos cubanos han sobrevivido con la fuerza del ingenio. Alguna vez vi un documental sobre Cuba en donde se mostraba cómo algunos artistas suplían las carencias durante el período especial; un guitarrista había aprendido a remplazar las cuerdas de su guitarra con desechos, un fotógrafo se las ingeniaba para reutilizar los rollos de películas ya usados; lo que para nosotros es basura, para ellos es una posibilidad. Nuestro héroe pues se las ingenia para sacarle el mayor provecho a la situación y bajo el slogan: “Juan de los Muertos, matamos a sus seres queridos”, empieza un servicio de “limpieza de zombis”. Lamentablemente poco a poco hay menos clientes, pero eso no amedrenta a Juan quien se dedica a hacer lo que hace mejor: sobrevivir.

La película ha ganado muchos premios internacionales, del género por supuesto, pero también el Goya (equivalente al Oscar en España) a la mejor película extranjera. Juan de los Muertos es una película que ofrece diversas lecturas; para algunos puede ser una película más de zombis, para otros una buena parodia y para los que quieren ver más allá una crítica a las sociedades que conviven en Cuba y por añadidura en muchos otros países también, porque no hay nada más dividida que la sociedad en la que (sobre)vivimos.

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