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Un conejo de ciencia ficción: “Conejo ciego en Surinam”

ConejoCiegoSurinamConejo ciego en Surinam (Mondadori, 2013) del escritor ecuatoriano Miguel Antonio Chávez es una novela corta que nos desafía. Lo hace en tanto reta al lector a ponerse, digamos, en la piel de sus personajes, cuyas acciones y situaciones, a su vez, son niveles de realidad. La novela es sobre los niveles de realidad. Entre unos y otros se desliza el humor y la ironía.

El primer nivel de realidad está dado por el relato de los personajes donde, asimismo, habría subniveles. El uno, es el de un conejo anodino, que vive en un jardín, posiblemente abandonado por algún dueño anterior, adoptado, si se quiere, por un par de jóvenes que tienen sus departamentos en los extremos del jardín. El otro es, precisamente, el de estos jóvenes: el hombre, un escritor, de quien nos enteraremos luego que pretende ser un espía a quien se le da la misión de asesinar al Presidente de la República; la otra, una mujer quien supuestamente estudia una maestría en ciencias políticas, pero que a la final es otra espía enviada a vigilar al escritor.

Entonces la historia tiene giros distintos, al modo de un caleidoscopio. Chávez juega con la escritura y nos pone en los escenarios de cada uno de los personajes. El paso de un plano a otro es una suerte de ruptura de la realidad; pues mirar desde el punto de vista del conejo no es lo mismo que mirar desde la del escritor o la de la espía. La realidad de la historia es, desde este punto de vista, un juego de sorprendentes realidades, cada cual con sus propias lógicas, hecho que desata, por paradójico que sea, la risa por la contraposición de los acontecimientos.

El relato del conejo, desde su perspectiva es la más alucinante. Pues con éste ingresamos al reino del lector. Con sus determinaciones, el conejo vive observando o leyendo, lo que hacen los otros; pero también tiene su propio modo de comprender las cosas; de ahí que se enseñorea del vasto –pequeño– dominio que tiene: el jardín. En “Los jardines de Kew”, Virginia Wolf, por ejemplo, nos había mostrado el cambio de perspectiva, pero sobre todo, desde la literatura, con la “escritura escópica” –posiblemente muy influenciada por el cine– donde el punto de vista trata de mostrarse como coincidente con la del lector. Esto es lo que hace Chávez: leemos la realidad de los otros; hacemos de nuestro placer de la lectura –como el conejo que otea las relaciones sexuales de los personajes– una especie de mirada voyeurista hacia el interior del mundo de la novela.

Tal mirada voyeurista, las implicancias de esta, es el segundo nivel de realidad en Conejo ciego en Surinam. El conejo –o sea, nosotros– es descubierto al principio de la novela con una foto. Este juego de mostrar al lector develado desde el interior de la escritura hace que inmediatamente nos reconozcamos dentro de un espejo de imágenes. Éstas son: lo cotidiano de una casa con jardín, la vida aparentemente tranquila y superficial de dos jóvenes que viven sin conocerse necesariamente, las cosas que rodean a ese modus vivendi, el ruido de los medios de comunicación. Desde allá se desata, la otra historia, la de los espías. El lector-voyeurista, de pronto, se hace partícipe de una trama de espionaje donde el escritor debe aprender a asesinar a sangre fría, para lo cual debe primero “ejercitarse” con matar al conejo, es decir, al lector.

Desde la “escritura escópica” por lo tanto nos damos cuenta de una historia bien entramada, bien articulada, a la vez súper fantasiosa en la que la idea de matar al presidente, para hacerlo pasar como un simple accidente, aparece como simple, pero al mismo tiempo harto enredada. Este plano nos pone ante la evidencia de que el sentido conspirativo no está en quien prepara todo el asunto, sino en el voyeurista quien cree que asiste a la gestación de un hecho de importancia capital: por algo el autor pone el título de “Nuestra organización” a este entramado de escenario. Este nivel de realidad, donde la situación del espía aparece como fantástica, se nos liga con esa literatura de conspiraciones de la que Chávez se burla abiertamente.

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Miguel Antonio Chávez, autor de la novela “Conejo ciego en Surinam”

 

Producto de esa “escritura escópica”, de ese mirar voyeurista “inocente” del conejo, que implica, como decía, el acto de “liquidar” al lector, está el hecho de que éste se contamina de una enfermedad, tras comer papel impreso. En este nivel entramos en el de la ciencia ficción.

El conejo se come el papel que tira el escritor M. Pues bien, el conejo se come otra historia, una de ciencia ficción. En realidad, el juego está acá: Conejo ciego en Surinam es una novela de espías y conspiraciones pero aparece como si fuera de ciencia ficción. Nosotros como lectores, entonces, por el juego de planos de realidad, por el juego de manejos de tiempos, creemos que estamos ante una novela de ciencia ficción, cuando en posiblemente nos hallamos en el interior de una de espías y conspiraciones. En esta dimensión nos damos cuenta de la tomadura de pelo que realiza el autor gracias al hecho que aprovecha el borramiento de géneros y, si se quiere, la estrategia de divertimento inscrita en su obra.

Pero si le hacemos caso, y si traveseamos en el interior de ese juego literario de escritura escópica, también podemos decir, que Conejo ciego en Surinam, en realidad es una obra de ciencia ficción en sentido que todo el relato de espías y conspiraciones sirve como telón de fondo para poner en evidencia que el escritor, en su interacción con el lector, plantea un desafío a pensar las realidades como mundos posibles.

La estrategia es justamente la de la pulpa de papel escrito, con la novela de ciencia ficción desechada por el escritor y que el conejo-nosotros se “come”. Producto de su intoxicación aparecen consecutivamente dentro de sus ojos y de su propia memoria, la historia de una nave espacial, Zephirot, comandada por una súper inteligencia artificial, Google, con destino a un planeta, donde se implantará la nueva humanidad, vía una cápsula, Asimov, con Adán y Eva (el escritor y la espía) como artífices. El problema es que el conejo gigantizado, habita el planeta, tienta con los hongos a Eva y el desenlace es la expulsión del paraíso, o algo por el estilo.

Se puede afirmar que la ciencia ficción se presenta como algo desechado en la novela de Chávez. Una aserción posible: la ciencia ficción como género, por más Asimov y otros notables más que la hayan cultivado, para ciertos sectores de la industria editorial y del público es visto como una especie de literatura de poco valor, demasiado fantasiosa. Chávez se burla de esta postura y nos “hace tragar” la ciencia ficción para demostrar que los sagaces argumentos están allá y no, por ejemplo, en el fútbol –en referencia a un diálogo entre el tripulante de la nave y la inteligencia artificial–; incluso tales argumentos llevan a pensar otras dimensiones de los mitos –el de la creación, o el de los textos sagrados–. Otra aserción posible: la ciencia ficción, al cambiar el punto de vista del lector, lo que hace es enfrentarlo a su cotidianidad, a sus creencias, porque lo hace en virtud de lanzar su imaginario a otro mundo posible y futuro.

Por lo tanto, el valor de Conejo ciego en Surinam de Miguel Antonio Chávez es que se trata de una novela-tesis, una novela que habla de géneros literarios, que plantea y desmonta las estrategias de estos para incomodar al lector. Aunque incomodar al lector signifique usar la burla o la ironía. De ahí que estemos ante una novela inteligente, con muchas referencias, con muchos giros y hallazgos. Por ello digna de considerarla como un interesante ejemplo de una literatura renovadora en el contexto de la ciencia ficción ecuatoriana.

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