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Blogger Invitado: Carlos Vera Scamarone “El Muchacho de Providence”

H.P. Lovecraft

H.P. Lovecraft

Si ya el joven Howard Phillips gozaba de la soledad, pareciera que durante muchos años fue prisionero de la misma, como un contrafuerte que amaba pero que a la vez repudiaba. Howard Phillips Lovecraft despierta horrores y amores; odios y pasiones. Aunque intentó pasar desapercibido a la humanidad, ésta le tomó en una póstuma sorpresa. Las cien mil cartas que escribió dejan evidencia de su hambre por el contacto humano.

Su biografía expone contactos familiares que lo victimizan desde su nacimiento. Al ser hijo único de un matrimonio estadounidense ya entrado en años, la imposición recurrente de un linaje anglosajón era una forma patológica de crianza a la que fue sometido. Su padre sufrió crisis nerviosas durante los últimos cinco años de su vida, siendo diagnosticado con paresia general, una complicación común para la época pre-antibiótica, de la neurosífilis. Sin embargo la borrosa sombra de una esquizofrenia catatónica también fulgura en esta necropsia psicológica. Su madre, una presencia que talló el temor en el pequeño niño, mujer de ideas fijas, con la crítica a punta de lengua, fue insinuando en el pequeño Howard Lovecraft la necesidad de “no pertenecer”, aquel mandato que luego fue transformándose en un atisbo de enajenación. Imagino que aquel caudal de ideas oscurantistas y narcisistas produjo algún mecanismo de defensa en la primigenia mente del niño.

Los aislamientos, el diálogo con seres sobrenaturales, y los escenarios macabros se fueron perfilando como un escenario para sus fantasías de niño. ¿Cómo defenderse de tan apabullante crianza? El matriarcado nos ofrece una visión castrante, misógina, aunque paradójica. La paradoja de Lovecratf se evidencia en su genialidad y en su personalidad. La inmensa imagen de la madre lo desterró a una realidad en donde era un extraño, o un extranjero, a pesar de querer pertenecer a algo. Esa dolorosa existencia, marcada por las ideas punzantes de fealdad, de inexistencia, fue creando el escenario perfecto para la aparición de sus más terroríficos personajes. Chtulhu es una muestra de esto.

Quien fue Chtulhu

¿Chtulhu fue real? Pues parece que sí. La clásica serie de los mitos de Chtulhu asociada a una monstruosidad cósmica, superior al entendimiento humano, nos habla del pavor que acompañaba a Lovecraft. También nos habla de una imagen paterna, masculina. Pero no podía tratarse de su padre, pues él murió cuando el niño alcanzaba los tres años de edad. Debería tratarse de una imagen mucho mayor, un ogro o un terrible brujo, capaz de marcar el destino de un pequeño. Alguien con poder. Recordemos que el pensamiento fantástico efervece en la niñez y termina con la pubertad. Es el causante de la mayoría de hadas madrinas así como brujas con poderes que poblaron nuestra infancia.

Hay un personaje en la biografía de Howard cuya figura, de soslayo, aparece como autor de muchas vicisitudes: se trata de la Cthulhu_and_R'lyehfigura del abuelo materno. Si alguien generó la deslucida imagen de una aristocracia anglosajona en la mente de la madre de Lovecraft, pues tuvo que ser el padre, es decir el abuelo de nuestro escritor. Fue el tirano artesano, omnipotente, que marcó a fuego las palabras críticas en la madre de Howard. Esta transmisión vicaria de una sociedad putrefacta, pérfida, caló hondo en las vivencias de nuestro joven escritor, quien no halló otra salida que el aislamiento y la visión paranoide. Para los Lovecraft los seres humanos que les rodeaban eran macabros; terribles entes que insultaban la tierra con su sola exhalación. Ese pavor hacia la realidad se evidencia en la rígida postura de Howard, además de su mirada perpleja. Dicha postura altiva, crítica, algunas veces racista, generó que buscara alguna especie de contacto humano. Criado en un narcicismo patológico, entre algodones, en un trono de madera de roble, pero en la soledad, Lovecraft sabía que necesitaba del mundo. Aunque temiera, se animó a redactar misivas cargadas de críticas a las columnas de la asociación de prensa.

Sobre su matrimonio la biografía nos lleva de modo irremediable a un complejo de Edipo. Al ser criado como un ser impoluto solo podía entrar en nupcias con alguien que lo admirase. Su matrimonio con Sonia Greene tuvo varias peculiaridades. Por ejemplo, Sonia asistió al congreso de escritores aficionados. Había una entrañable admiración. Ella era siete años mayor que Howard. Sonia toma el rol de una figura materna. La castración psicológica, inculcada por el matriarcado, se libera de ansiedades por la distancia física entre los conyugues. Tal situación decantó en el divorcio. Pongo en duda, por tanto la afirmación de que Howard Phillip Lovecraft fuese homosexual. Impresiona una neurosis severa ante la posibilidad de entablar un coito con una mujer, ya que de alguna manera las idolatraba pero a la vez las odiaba.

Su lenguaje prolijo, atiborrado de adjetivos, muchos repetitivos, resuenan con voz femenina y materna. Su abuelo fue, a mi parecer, la cósmica presencia de Chtulhu.
Sus relamidas depresivas, la tendencia al aislamiento, sus fantasías, la megalomanía y narcicismo nos hablan de un ser venido a menos. La visión paranoide de la realidad habla de un Howard Phillips Lovecraft que sufrió de depresión en varios episodios de su vida, con una personalidad esquizoide y narcisista. Además, las prominentes ideas y conductas extrañas lo acercan a lo esquizotíco (sin descartar algún tipo de psicosis crónica). Sin embargo lo llevaron a volcar su genialidad y precocidad en la creación literaria. Puede despertar amores y odios, pero la paradoja de Lovecraft, es la de un ser humano, que a pesar de las vicisitudes de la vida, pudo abrirse paso en este caduco mundo, entre horrores y asombros. Lovecraft sobrevivió al mundo, aunque él no haya querido acompañarnos. Al final, sus temores, su horror por la humanidad, lo convirtió en un ser humano genial, un escritor de culto que observa tras la ventana de una oscura habitación en el segundo piso de una horrible casa victoriana.

P.D: Muchos escritores fantásticos, o de fantasía, experimentaron situaciones de estrés que supieron utilizar en sus creaciones. Aquella cualidad toma por nombre resiliencia, o adaptación a situaciones adversas. J.R.R. Tolkein hizo los primeros esbozos del Libro de los cuentos perdidos cuando combatía en la primera guerra mundial. Similar situación sucedió con C. S. Lewis al dar bosquejo a Narnia. Julio Verne pasó vicisitudes económicas en París, por lo que recibía dinero enviado por su madre. Sus ansiedades le provocaban malestares intestinales o lo que ahora llamamos síndrome del colon irritable.

No me cabe duda que la ansiedad y otras emociones que pueden verse como perversas, si son encaminadas a la creación, promueven la aparición de maravillas literarias.

ScamaroneSobre el Autor: Carlos Vera Scamarone
Escritor y médico psiquiatra egresado en pregrado y posgrado de la Universidad mayor de San Marcos. Investigador científico en neurociencias y trastornos de la personalidad. Ha publicado el libro de cuentos “Cartas para un éxodo” (2010) y “Nova: exo-evolución y las crónicas del fin del mundo” (2012) y la novela “La paradoja Cane” (2014). Este año publicará “Mi robot depresivo y otros cuentos” (2015)

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