Amazing Stories

Fragmento: La Guerra del Final de Los Tiempos de Rubén Serrano.

El nuevo libro de Rubén Serrano La Guerra del Final de los Tiempos, será pronto publicada por el Latin Heritage Foundation, primero en versión digital y luego en papel. Gracias al autor, les ofrecemos a los lectores de Amazing Stories en Español unos fragmentos de la novela.

La Guerra del Final de los Tiempos es una novela juvenil de fantasía y ciencia ficción que se caracteriza por la presencia de seres fabulosos y un fuerte componente mágico que casi hace que nos olvidemos de que la acción se desarrolla en el futuro y en un lejano rincón del universo, el planeta Krátarix, hasta el cual han llegado los humanos en una gigantesca nave espacial. Allí, Írvil, un joven perteneciente al pueblo de los Civilizados, los Hombres de la Tecnología, abandona la protección de la Ciudad con el fin de ir en busca de ayuda para su gente, que ha perdido la capacidad de soñar. Hará así numerosos amigos, humanos y no humanos, y se verá inmerso en la mayor aventura de su vida, en un mundo donde todo es posible y cualquier cosa puede suceder. El lector, prácticamente sin darse cuenta, se ve inmerso en una fantasía épica, en una gran odisea para combatir a los poderes de la oscuridad que intentan apoderarse del mundo. Los valores propios de la fantasía heroica (los grandes héroes y los grandes villanos, la magia todopoderosa, las grandes batallas…) están muy presentes en esta historia, en la que todo gira alrededor de esa marcada dualidad Bien-Mal.

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1. EL PUEBLO DE LOS NATURALES

TANOT, el Sol Frío, estaba ya alto en el cielo cuando Ranara, la Estrella Madre, empezó a salir por el horizonte, extendiendo su cálida luz amarillenta sobre la superficie del planeta.
El amanecer era un hermoso espectáculo, que hacía despertar la vida un día más. Las flores abrieron sus capullos y los insectos comenzaron a revolotear en todas direcciones: mariposas de alas fosforescentes, zumbadores, flotantes, alas-largas, estirados, piquitos y otras muchas especies llenaron el aire. Mientras, en los árboles, los pájaros comenzaron a lanzar sus armoniosos cantos. Los corretones salieron de sus madrigueras y los saltatrancas bulleron y comenzaron su juego favorito: saltar.

Írvil, sentado en la cabina de su aerodeslizador, observó con detenimiento toda esa vida que se movía y vibraba en torno suyo. Estaba fascinado, pues jamás había contemplado semejantes maravillas allá en la Ciudad.

La Ciudad era un recinto aséptico, de proporciones gigantescas, creado por y para los Civilizados, los Hombres de la Tecnología. Un lugar inmenso, autónomo, mantenido por máquinas capaces de limpiar, reparar y controlar todo. Eternamente iluminada, sin días ni noches, era un complejo sistema diseñado para proporcionar una vida cómoda y sosegada a sus habitantes. Destinada a durar siglos y siglos, su arquitectura se mostraba como símbolo de perpetuidad. Ordenada, higiénica… Allí no había lugar para bichos. Por eso Írvil se sentía tan asombrado con lo que veía a su alrededor: la vida en libertad era una hermosa visión.

Bip… Bip.

El bio-detector le advirtió de pronto de la presencia de un animal mayor en la zona, que se dirigía hacia la posición del aerodeslizador. El escáner reveló que se trataba de una criatura bípeda, aunque eso no significaba que fuera humana: había muchas bestias allí, en Krá-tarix, que caminaban sobre dos pies.
Írvil ajustó los controles y se remontó en vertical hasta una altura de veinte metros. De este modo, suspendido en el aire en el más absoluto silencio, esperó a que la criatura se dejara ver.
No tuvo que aguardar demasiado: casi al instante, un muchacho de edad próxima a la suya surgió de la espesura. Iba vestido con una fina piel de animal, por lo que, con toda probabilidad, debía de pertenecer al pueblo de los Naturales.

–Bien –murmuró, jubiloso.

Írvil se sintió afortunado: acababa de encontrar a un miembro de la cultura que iba buscando. Sabía que sólo los Naturales podían ayudar a los Civilizados, ahora que su mundo de alta tecnología se estaba viniendo abajo.

El chico, ajeno a la presencia del aerodeslizador, trepó por el tronco de un árbol y empezó a recoger pequeñas bayas rojas, que de inmediato iban a parar a su boca. Resultaba bastante diestro en eso de subir a los árboles, pues llevaba haciéndolo desde que tenía muy pocos años. Sin embargo, esta vez no tuvo suficiente cuidado y el deseo de coger una hermosa baya de gran tamaño situada en una delgada rama le llevó al desastre: la rama se partió y un abismo de casi seis metros de altura se abrió ante el muchacho.

La caída hubiera resultado fatal de no ser por Írvil, que supo intervenir con presteza y detener al chiquillo con un haz sustentador justo cuando ya se hallaba a unos pocos centímetros del suelo.
El vehículo flotante se posó en tierra, casi al mismo tiempo que el Natural. El joven piloto saltó fuera de la cabina y los dos muchachos se encontraron frente a frente.

– ¿Has sido tú el que me ha salvado?

–Así es –respondió Írvil con una sonrisa.

– ¿Es magia?

–No, es tecnología.

–Ah –expresó el Natural, sin comprender muy bien qué era eso, aunque sabía que esa palabra estaba asociada a los Civilizados. Estaba, pues, ante uno de los habitantes de la Ciudad.
El muchacho le dio las gracias por su acción y, a continuación, añadió:

–Te llamaré Gerus, que en la Lengua Sagrada significa aquél que sujeta. ¿Tú cómo me nombrarás?

– ¿Qué…?

–Ahora que nos conocemos, debes darme un nombre con el que sólo tú podrás designarme. ¿No lo hacéis así en la Ciudad?

–No, claro que no. Cada persona tiene su nombre desde el momento en que nace.

– ¿Uno nada más? Qué costumbre tan extraña –alegó–. Bien, ¿cuál es tu nombre?

–Írvil.

–Írvil –repitió el otro–. Ummm, no está mal. Sí, creo que me gusta… Tú, si quieres, puedes llamarme Kuz. Es el último nombre que me han dado.

–De acuerdo… Kuz.

Así fue como, después de cientos de años sin contacto directo, dos seres de culturas tan diferentes se hicieron amigos. Se trataba de un hecho insólito; algo que, sin duda, tendrían en cuenta los futuros libros de Historia. Pero, de momento, a Írvil no le importaba demasiado eso. Su principal aspiración era llegar al poblado de los Naturales y solicitar ayuda para los Ciudadanos.
Tras convencer al Natural para que subiera al aerodeslizador, ambos volaron juntos hacia el Norte.

–Es gracioso –comentó el joven piloto mientras viajaban–. A pesar de que tenemos diferentes costumbres, no somos tan distintos.

–Claro que no –declaró Kuz–. Tu pueblo y el mío pertenecen a la misma especie. ¿Por qué tendríamos que ser diferentes?

–Oh, por nada. Es que, en la Ciudad, algunos pensaban que vuestra piel se habría vuelto de color verde, al alimentaros de vegetales y frutos. Otros incluso decían que os habría salido rabo para colgaros de los árboles.

– ¡Qué tontería! –sentenció Kuz.

–Sí –asintió Írvil–, qué tontería.

EL POBLADO apareció ante los sorprendidos ojos de Írvil. Era curioso: estaba formado por un centenar de viviendas de forma esférica –Kuz explicó que se llamaban nidos–, cada una construida sobre un pilar alto y delgado, con ocho brazos en la parte superior colocados mirando hacia arriba. Se subía hasta ellas mediante escalas de cuerda y una puerta ovalada permitía el acceso al interior.

Al ver llegar el aerodeslizador, algunos se asustaron y corrieron a esconderse, aunque la gran mayoría dejó que la curiosidad venciera a su temor y un nutrido grupo de personas se aproximó para ver de cerca al pájaro metálico que transportaba a Kuz y a un desconocido.

–Es un niño –exclamaron algunas voces.

–Sí, no debe de tener más de doce estaciones.

– ¿Vendrá de la Ciudad? –murmuró alguien.

Kuz sonreía, divertido. Sabía que iba a convertirse en una persona muy popular por haber encontrado al primer Civilizado que abandonaba la Cúpula para reunirse con los Hombres de la Naturaleza.

Esperó a que la excitación de los espectadores se calmase un poco y, cuando lo creyó conveniente, presentó a su nuevo amigo:

–Este es Írvil –indicó–. Nada más que tiene un nombre y nadie podrá llamarle por otro que no sea el suyo, pues ésa es su costumbre.

La multitud murmuró entre sí.

El muchacho observó al grupo con detenimiento. Eran seres altos y corpulentos en su mayoría, vestidos con prendas de gran variedad, desde pieles de animales hasta túnicas de tela, y todos llevaban una cinta roja con pequeños flecos atada en la cintura o en el antebrazo.

Kuz volvió a hablar:

–Si ha venido hasta aquí es porque necesita nuestra ayuda, pues resulta que están pasando cosas terribles en la Ciudad.

– ¿Qué clase de cosas? –preguntó un hombre mayor.

Kuz se volvió para mirar a Írvil y fue este último quien respondió:

–Nuestra sociedad se desmorona… La violencia aumenta y muchos han muerto ya. La locura y el caos se han apoderado de nuestro pequeño mundo.

– ¿Qué ha provocado todo eso? ¿Conoces la causa?

–Sí. Parece ser que han sido las esferas… Las esferas de los sueños.

Írvil se detuvo. Tenía que explicar todo desde el principio si quería ser comprendido, así que se remontó a la raíz del problema:

–Los Ciudadanos hemos perdido nuestros sueños –dijo–. Hace ya tres generaciones que somos incapaces de soñar por nosotros mismos. Por eso, necesitamos las esferas de los sueños. Son unos dispositivos psicomecánicos de… –Se interrumpió al darse cuenta de que los Naturales no comprenderían los conceptos de la alta tecnología, por lo que trató de explicarlo de otra manera–: Son unas máquinas que nos permiten soñar mientras dormimos. Los Inventores las crearon para resolver nuestro problema, pero ahora el problema son las esferas. Se apoderan de la personalidad de quienes las usan y sacan a la luz todo lo oscuro que hay en el subconsciente. Dejan que la parte malvada de las personas domine sobre su parte positiva y hacen que lo infame se imponga sobre lo que es correcto.

– ¿Y no podéis deshaceros de esos artilugios? –inquirió alguien.

–No es fácil. El dispositivo fue diseñado para permanecer flotando junto a su dueño y no romper la conexión psíquica hasta que el usuario lo desee. Está unido por un lazo invisible que lo mantiene conectado de modo permanente al cerebro –les explicó–. El individuo debe desear librarse de la esfera para que podamos quitársela; pero esto no ocurre: el que la lleva quiere seguir con ella… y si le es arrebatada a la fuerza o es destruida, el sujeto suele volverse loco e incluso puede morir.

– ¿Y tú cómo te libraste de la tuya?

–Al parecer, a los menores nos resulta más fácil desprendernos de ellas, pues no hay tanto odio, egoísmo o malicia en nuestro interior… En cambio, son muy pocos los adultos que se ven libres de su influjo.

La muchedumbre estaba asombrada. No era que tuvieran miedo de que a ellos les llegara a ocurrir algo parecido alguna vez, pues eso resultaba imposible: eran Naturales. Habían renunciado a la tecnología y a las máquinas para vivir en armonía con la Naturaleza. Sin embargo, sentían lástima por sus hermanos de la Ciudad.

Fue entonces cuando la gente comenzó a desatarse la cinta roja que llevaban, para atársela después en el tobillo.

El propio Kuz, subido todavía en el aerodeslizador, imitó a su pueblo e hizo lo mismo con su cinta.

– ¿Qué está pasando? –quiso saber Írvil.

–Con este gesto –explicó– nos sumamos a tu dolor. Ésta es la prenda de Abhiis y sirve para indicar el estado de ánimo de cada uno. Se lleva en el brazo cuando estás eufórico o lleno de alegría. Si te la atas en la cintura es que tu estado es normal. Cuando te encuentras bajo de ánimos, enfermo o de luto, la llevas en el tobillo… Es una expresión común decir que alguien tiene la prenda baja para dar a entender que está triste.

Írvil sonrió de manera casi imperceptible, sorprendido una vez más por las curiosas costumbres de los Naturales. Aunque su sonrisa era también de alegría, pues sentía que había encontrado a unos verdaderos amigos en aquel pueblo. Era, por tanto, el momento de exponer la situación y dejar que los Naturales actuasen a su manera y de acuerdo con su capacidad.
–Cuando yo abandoné la Ciudad –prosiguió Írvil–, un pequeño grupo de hombres había conseguido dividir y aislar los distintos departamentos, separando a los individuos más peligrosos del resto de la población. En estos momentos, la situación está más o menos controlada, pero necesitamos de vuestra magia para salvar a los afectados y destruir las esferas.
–La Magia –repitieron algunos, poniendo especial énfasis en esta palabra.
–Sí, los Magos pueden ayudar a los habitantes de la Cúpula y librarlos de las esferas –dijo Kuz–. Sólo ellos pueden hacerlo.

***

Rubén SerranoSobre el autor: Rubén Serrano (Madrid, 1970) es un escritor y periodista español, autor de obras de género fantástico, ciencia ficción y terror. Estudió Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y lleva más de veinte años dedicado a la comunicación. Ha trabajado para el diario ABC y la agencia de noticias EFE. Al mismo tiempo, el autor alterna la creación de relatos fantásticos y de terror para adultos con la escritura de libros de narrativa infantil y juvenil de carácter pedagógico, varios de ellos destinados a la promoción de la lectura en el ámbito docente y el aprendizaje de idiomas. Su obra Los peque-cíclopes, traducida a varias lenguas, fue elegida por Unicef para formar parte de la metodología del retorno a la alegría y contribuir a la recuperación psico-afectiva de la infancia de Haití tras el terremoto de 2010. Por otra parte, Serrano es promotor y coordinador de destacadas antologías colectivas de fantasía y terror, como Legendarium, Zombimaquia, Los nuevos Mitos de Cthulhu o la colección de relatos de fantasía épica Crónicas de la Marca del Este. En 2011, fue galardonado con el prestigioso Premio Ignotus.

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