Nueva Publicación en Finlandés: Cuentos sobre Sauna

¿Y qué hago promocionando un nuevo libro en finlandés en este blog? Pues que una de mis historias se encuentra en él.

La historia va como sigue: Roxana Crisólogo es una poeta peruana viviendo en Finlandia, cuyo proyecto Sivuvalo, da visibilidad a los escritores extranjeros que residimos aquí. Ella le dio mis datos al editor del libro (Vesa Tompuri de Aviador) y él me contactó con la propuesta. Debo confesar que no tenía ni idea de qué escribir, pero le contesté que justo tenía una buena idea de un cuento sobre el sauna. En ese momento me encontraba traduciendo los cuentos de la antología Luces del Norte y es gracias a escritoras como Anne Leinonen o Magdalena Hai que encontré la inspiración para crear un ritual completamente inventado sobre el sauna, pero que sin embargo resulta verosimil por el ambiente nórdico que hay en él.

Este cuento pues ha salido publicado primero en finlandés, antes que en idioma original. Como primicia se los ofrezco ahora.

 

 

EL RITUAL

Ella llegó al poblado pues le habían dicho que pronto se celebraría una boda y se requerirían de sus servicios. Llegó jadeando, ayudándose a cada paso por un tosco bastón improvisado de una rama caída que encontró en el camino. Cada vez le resultaba más difícil recorrer los senderos que conducían a los escasos poblados. Las pieles que la cubrían le pesaban más que abrigar sus cansados huesos. Era alta pero frágil, delgada, de largos cabellos dorados; ojos azules como el cielo alumbrado por el sol de medianoche y a pesar de su edad y el cansancio, no caminaba encorvada.

Una joven que llevaba unos troncos bajo el brazo la vio y soltando su carga, se ofreció a ayudarla. Ella aceptó con una sonrisa que iluminó el día. Miró a la joven. Sabía bien que su tiempo de vidente se terminaba y debía buscar una aprendiz para que así su arte no se perdiera. No necesitó preguntarle: sabía bien que no era virgen; lo leía en su mirada, en sus gestos, en el aroma que desprendía su joven piel. Ella suspiró. En todos lados era igual, por más que se empeñaba, no encontraba a nadie digna de aprender el arte de leer los signos del futuro.

¿Cuándo cambiaron los tiempos? No lo sabía. Recordaba bien el orgullo que sintió al ser escogida para aprender el Arte. Sabía el precio a pagar: Nunca amar a un hombre pues sino sus ojos se cerrarían para siempre. Tenía apenas quince años y era bella. Los jóvenes de su poblado empezaban a mirarla, ella disfrutaba de esa atención. Pero la vidente llegó y vio en ella grandes posibilidades. Con mucha pena sus padres se despidieron de ella. Ni la dote que pagó la vidente fue suficiente consuelo. Sus pequeña ya no viviría con ellos, no les daría nietos y si algún día regresaba para cumplir con su trabajo, no tendría derecho a besarlos y contarles sus aventuras pues las vidente perdían el nombre al entrar a la Hermandad y por eso todo contacto con la familia. Así había sido desde siempre: Una era Todas.

Sus lágrimas aún no se habían secado cuando llegó al islote que servía de hogar a las Hermanas. Allí, la vidente que la había escogido como aprendiz, remplazó a su madre, no solo por los cuidados que le otorgaba, sino también por la ternura como la trataba. Esa era la mayor característica de las videntes. Y es que se le había enseñado que para poder leer el futuro de la gente, había que amarla, sinceramente, sin medida.

Su piel ya empezaba a marchitarse cuando empezó a ejercer el Arte. El aprendizaje era lento, intenso. Nadie salía del islote hasta estar completamente madura. Sabía que no tendría un hogar fijo, que debía rodar de poblado en poblado, en donde la necesitaran. Y siempre hay bodas, nacimientos, contratos que se firman y todos necesitan saber si vale la pena seguir viviendo. O enterarse de lo negativo, para poder evitarlo.

Al principio era bien recibida en todos lados, se respetaba su presencia, se la escuchaba con atención, se le pedía consejo si el vaticinio había sido negativo. Sin embargo las cosas empezaron a cambiar poco a poco. Primero fueron detalles insignificantes; ya no le ofrecían la mejor cama o la mejor comida, se regateaba el precio de su Arte. Como todo lo ganado se destinaba  al islote y las aprendices, cada vez se hacía más común las veces que dos o más videntes al regresar para entregar su parte, contaban que la mezquindad florecía como la mala hierba: por todas partes. A una le dieron menos cuentas de ámbar que las prometidas a otra se le engaño pagándole con una gallina tan vieja que ya no ponía huevos. Como las videntes no comían carne, no hubo más remedio que conservar la viaja gallina como una mascota.

Los tiempos habían cambiado y no importaba cuándo. La gente ya no creía en los ritos ancestrales, se reía de los antiguos dioses. Poco a poco avanzaba un dios nuevo, que se imponía muchas veces por la fuerza. Los poblados que lo habían aceptado eran los peores, la gente en ellos era agresiva, le lanzaban piedras, la escupían, en uno inclusive la quisieron quemar. Una vez llegó al islote un seguidor del nuevo dios. A pesar de no permitirse hombres en el islote, se accedió a su pedido de posada, porque nunca se le niega albergue a quien lo necesita. Se presentó como discípulo de un profeta que había muerto, al parecer por amor a todos los seres del mundo. Habló de su nueva religión, del profeta que pedía que se amaran entre todos, que no se hiciera nada que no se deseaba para uno mismo. Ella era aún muy joven y las palabras de ese hombre la llenaron de paz. Su larga barba y sus ojos bondadosos le hicieron desear haber conocido a ese profeta, a pesar de tener un dios diferente al de ellas. ¿Cómo era posible que las mismas creencias fueran compartidas por esa gente que las despreciaban tanto? ¿Acaso lanzar piedras o quemar viva a alguien era lo que querían para ellos mismos? No podía comprender por qué las palabras de amor de ese profeta se habían transformado en dureza de corazón.

Pero todavía algunos poblados necesitaban de sus servicios, como ese — casi en la frontera—  en el que se encontraba. La joven que la ayudaba le dijo que la llevaría a la casa de la novia, en donde los padres la esperaban con ansiedad para empezar los festejos. Como siempre le ofrecieron el mejor cuarto, el mejor colchón de paja, las sábanas del lino más blanco, y podía pedir lo que quisiera de comer y beber. Como siempre ella declinó la generosidad. Las videntes estaban criadas para sobrevivir con poco, sus frágiles cuerpos escondían una increíble fortaleza física. La necesitaban para poder recorrer tantos caminos, muchas veces durante días antes de llegar a un poblado. Sabían el arte de las plantas, podían recoger sin problemas pequeñas bayas que, para los no entrenados, eran  inservibles pero de las que ellas conocían bien sus virtudes nutritivas: solo unas cuantas eran necesarias para sentirse satisfecha por horas.

Ella se fue a dormir. A penas aceptó un buen pedazo de pan recién horneado y jugo de arándanos. Debía descansar bien y era mejor no dormir con el estomago muy lleno. Se fue al establo, donde ella siempre prefería dormir, cerca de los caballos y las vacas, quienes conocían muy bien a todos y en sueños no podían evitar hablar al respecto. Muchas veces los signos no eran claros y esas indiscreciones la ayudaban a leerlos mejor.  Algunos comensales que habían llegado de lejos, se encontraban celebrando por adelantado la boda y sus risas perturbaban el sueño de la vidente. Por suerte ella cargaba siempre cera de abeja en su morral. La sacó con cuidado, hizo dos perlas con ella y acercándolas a su boca, les murmuro las palabras de sueño. Se las coloco y de inmediato la cera empezó a cantarle dulces canciones de infancia. Sonrió, sabía que pronto se dormiría.

Ella fue la primera en levantarse. Salió al pórtico de la casa, aun no había salido el sol y el frio de principios de otoño la hizo tiritar. ¿Quién se casaba en esas fechas? ¿Qué idea tan tonta tuvieron los novios? Uno se casa en verano, cuando el sol calienta la piel y las noches son luminosas.

Unos pasos la sacaron de sus pensamientos. Era la novia, que evidentemente nerviosa, no podía seguir durmiendo. Solo al verla ella supo el porqué de la fecha del matrimonio. Aun no se notaba pero la joven estaba embarazada de por lo menos dos meses. La vidente le sonrió. La joven le devolvió una tímida sonrisa.

—¿Emocionada?

La joven asintió.

—Jamás he visto una novia que no lo esté. ¿Cómo se llama el novio?

—Tarvo

—Sin necesidad de leer el futuro puedo decirte desde ya que tiene un muy buen nombre. Ese nombre le da mucha fuerza y quizá llegue a ser un líder.

La sonrisa de la joven se volvió más franca, más cálida. La vidente le hacía sentir extrañamente segura. Nunca antes la había visto y sin embargo sentía que la conocía desde siempre. Es por eso que se atrevió a preguntar.

—¿Porque debemos esperar los vaticinios para celebrar la boda?

La vidente sonrió y luego de una pausa, dijo:

—Porque siempre hay la probabilidad de que el futuro no sea el adecuado y la boda se cancele. Pero, claro, este no será el caso.

Las mejillas de la novia se volvieron rojas como manzanas, bajo la cabeza y la dorada cascada de cabellos cubrió su rostro. Quiso preguntar algo, pero la vidente la cortó.

—Me pagarán por decir el futuro, no el presente. No tengas miedo, no diré nada al respecto. Por supuesto que vaticinare un niño pronto, eso es lo que todos quieren escuchar. ¿Deseas saber el sexo de la criatura?

La joven levantó sonriendo negó con la cabeza.

—Tienes razón, es mejor así. Solo te diré cuántos tendrás y cuantos serán niños o niñas. Como sabes yo preparare tu sauna, pondré unas hierbas que alivian el dolor del parto, eso siempre ayuda.

—Gracias, —le dijo la joven y quiso tomarle de las manos. La vidente quitó su mano suavemente. No debía ser tocada antes del rito o las lecturas podrían contaminarse.

La joven quiso disculparse pero los sonidos de la casa que se despertaba la interrumpieron. La madre salió presurosa al pórtico.

—Ihanelma, aquí estás. —Al ver a la vidente, hizo una reverencia de respeto. —Disculpa Akka, no te había visto.

A falta de nombre, a todas las videntes se les llamaba así, mostrándoles respeto.

—Pronto todo estará preparado para el ritual. Pronto llegarán el novio, sus padres, tíos y primos. Los abuelos han muerto ya. Respetamos el ritual y te aseguramos que solo la familia estará presente. La boda se celebrará al crepúsculo aquí mismo. ¿Nos honrarás con tu presencia?

—Solo para que vean el Cambio, pero luego me retiraré a descansar. El ritual exige mucho de mí y de mi cuerpo.

La matrona asintió.

La vidente tomó sólo leche fresca como desayuno y esperó en la cocina, junto a las criadas a que los demás terminaran. Al escuchar cómo se levantaban de la mesa, se dirigió fuera.

Al otro lado del establo se encontraba la sauna, en la que dos fuertes criados habían pasado horas preparándolo todo. La tosca construcción de madera había tardado seis horas en calentarse y los fuertes muchachos se encontraban limpiando el lugar de la ceniza que la había cubierto. Sobre una primitiva  banca de madera se encontraban ordenadas las vihtas de abedul que usaría la vidente, nueve, como lo requería el ritual. Las que usarían la familia, llegarían después. La vidente empezó a cantar. Dentro de la sauna, los muchachos detuvieron brevemente su trabajo, para seguidamente fregar con más vigor las gradas de la sauna. Debían terminar pronto.

Abrieron tímidamente la puerta. La Vidente los recibió con una sonrisa. En sus rostros se leía el cansancio. Era común que  preparasen la sauna por la mañana, para así tomarla por la tarde. Pero el Ritual exigía ser hecho antes de mediodía, lo que los obligó a trabajar sin dormir. Solo el honor de ver el Cambio, los mantenía de pié. Descansarían un buen rato, pero estarían presentes durante la boda, por nada se perderían ver a la vidente cambiada.

El canto de la mujer se hizo más fuerte al quedarse sola. Se quitó la ropa a la puerta de la sauna, confiada de que nadie se atrevería a espiarla. Tomó las siete vihtas y la bolsa de hierbas que llevaba en el bolsillo de su túnica y se inclinó para entrar. Dentro vio  dos baldes de agua: uno cerca de la puerta, con el que mojaría su cuerpo antes de iniciar el ritual, otro cerca del  hogar, para poder crear el löyly.

La vidente echó la mitad del balde sobre su cabeza. La frescura del agua la hizo estremecerse, pero nunca dejó de cantar. Se acercó al hogar y lanzando unas hierbas a las piedras, saludó al guardián del sagrado lugar, luego lanzó con sus propias manos, agua sobre las piedras. El primer löyly acarició su piel. Acto seguido, empezó a golpear rítmicamente su piel con la primera vihta. Su canto alcanzó el máximo nivel, cuando sintió que la piel empezaba a quebrarse. El evento nunca era doloroso, pero no dejaba de asombrarla cada vez que ocurría. Pronto la primera vihta se encontraba cubierta por tiras de piel y la remplazó con otra. Así siguió  hasta que terminó con todas y sus ojos se abrieron. Se concentró. Sabía bien que no debía perder el tiempo leyendo toda la historia pasada y futura que los muros de la sauna poseían. Debía leer solo lo que estaba escrito alrededor de los novios. Sus ojos no se mantendrían abiertos por más de un día y no debía cansarse leyendo todo a su alrededor.

Se echó el agua restante para limpiar su suave piel de todo residuo. Sus arrugas  habían desaparecido, su apariencia era la de una joven de la edad la novia. Se sentó en las gradas, disfrutando del Cambio, que sabía bien, duraría hasta la medianoche. Un suave ruido la hizo volver el rostro hacia el hogar. La tímida cabeza del guardián de la sauna sobresalía de entre las piedras. Ella lo invitó a salir. Él se escondió. Ella empezó a canturrear una canción de amor a la tierra. Él salió finalmente y se sentó a su lado. La olisqueó un poco. Ella no hizo nada, no temía mostrarse desnuda, segura de que no existía creatura más pura e inocente sobre la tierra que un guardián de la sauna, tan puro e inocente como el sagrado lugar que cuidaba.

Conversaron un rato sobre los niños nacidos, los ancianos muertos, el lino y la malta secada, la carne curada y los pequeños trozos que generosamente eran ofrecidos al guardián de la sauna. A diferencia de otros  seres, el guardián de la sauna era muy hablador, costumbre quizá adquirida por pasar tanto tiempo entre las lenguas del fuego. Al terminar la conversación, ella se despidió cortésmente y lanzó antes de salir las hierbas prometidas a la novia. El guardián de la sauna murmuró algo sobre el dulce olor de la mora ártica seca. Ella sonrió, entendió la indirecta y lanzó unas cuantas sobre las piedras calientes.

Abrió ligeramente la puerta, Una joven mano le acercó una sábana de lino. Ella se cubrió y salió. Unos zapatos de corteza trenzada de abedul la esperaban. Se los puso. Disfrutó de la mirada de todos, el asombro ante su belleza. Escuchaba las voces de sus pensamientos, preguntándose cómo era posible que la anciana que vieran ayer fuera la hermosa joven frente a ellos ahora. No comprendían que más que su renovada belleza, lo que lograba el Cambio era una fuerza renovada para poder leer e interpretar el significado de cada objeto. No era igual leer lo que decía un árbol, que una joya usada por la abuela o la vieja mesa de la cocina. Además debía hacer la diferencia entre el pasado que se encontraba escrito entre las líneas del futuro.

Avanzaba lentamente hacia el asiento que le habían preparado. A cada lado de él pudo ver al novio y a la novia. Trataba de bloquear toda otra lectura que le saltaba a  los ojos. Todo parecía querer contarle una historia, ya estaba acostumbrada. De pronto paró en seco. Una niña como de unos doce años le sonreía. Su corazón dio un vuelco. Todo alrededor de ella decía de sus talentos.

—¿Cómo te llamas?

—Aune

Aune, no podía tener un nombre más adecuado esa niña que amaba a los animales, tanto que rehusaba comer carne, que quería tanto a las flores, que era capaz de escuchar lo que tenían que contarle. Eso era un buen signo para una posible vidente.

—Es mi hija, —dijo una claramente orgullosa pelirroja.

—Es prima de la novia, —agregó la matrona de la casa. Era obvio que todos sabían bien que el interés de la vidente solo significaba una cosa: Aune podría ser la aprendiz que todos sabían, la vidente buscaba con interés.

Ella entendía el superficial orgullo e interés de la familia, era el mismo que sintió la suya. No podían entender que una aprendiz iba más allá de sus intereses egoístas, era el arte que no se perdería, era la hermandad que seguiría adelante, era un ritual que no se olvidaría.

Pero ya habría tiempo para ello. Luego hablaría con la niña y si sus lecturas eran correctas, arreglaría con la familia una visita a su casa para poner todo en orden. Y sobre todo para estar segura que la niña entendía a dónde entraba y que se comprometía por voluntad propia. Era muy importante para la hermandad que las videntes entraran en ella por voluntad propia. Solo así eran capaces de poder cumplir con todo lo que se esperaba de ellas. Ahora tenía un futuro que leer: el de la joven pareja.

Acarició la mejilla de la niña y siguió avanzando hasta lo que quizá sería su última lectura.

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