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“2001”, una película seminal

Afiche de “2001: Odisea del espacio” de S. Kubrick.

Se cumple 50 años del estreno de la película 2001: Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick. No es un filme como cualquier otro, sino un cambio de visión a lo que se hacía en ciencia ficción y una obra que rompió en su momento con las convenciones estilísticas del cine. Desde ya Kubrick lo reafirmó en una entrevista dada a la revista Playboy (compilada en el libro editado por Jerome Agel, The Making of Kubrick’s 2001, –Signet, Nueva York, 1970–) en el mismo año del estreno de su trabajo, al decir que 2001 es una “experiencia no verbal”, una “experiencia visual” que pretende penetrar “el subconsciente con un contenido emocional y filosófico”.

En efecto, 2001: Odisea del espacio es un filme desafiante porque prescinde en su mayoría de diálogos y se presenta como una especie de gran fresco sobre, lo que se podría decir, es la “evolución” de la humanidad. En realidad, decir que es sobre la evolución también es aventurado porque Kubrick, en coautoría con Arthur C. Clarke (el autor del cuento original, “El centinela”,  en el que se basa el argumento de la película, el cual fue modificándose en dos años hasta convertirse en un guion y luego en novela, con el título homónimo del film), tampoco tenía un propósito que quiera representar tal idea, porque en el fondo su obra más bien dialoga con otras cuestiones más significativas, entre ellas, la inconmensurabilidad del cosmos, la emergencia de otras entidades que, en consonancia con el desarrollo del conocimiento humano, le desafían y le presentan otros derroteros, etc. Sin embargo, hay algo más y es lo trascendente, el cual, incluso está dado por una especie de tensión entre el vacío del cosmos y el reverberar de una voz inmensa, incógnita y, a la vez, conocida, que puede ser Dios o pueden ser las partículas más esenciales de la vida.

Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke trabajando en el guion de “2001: Odisea del espacio”

Pero planteémonos una primera imagen de 2001: Odisea del espacio, esa que tiene que con lo “evolutivo”. Quizá el hecho de partir desde el momento en que la Tierra está poblada por monos que luego se desarrollan, se yerguen, adquieren la figura del hombre, marca en la película la idea de que el ser humano le tocó salir de un momento de su historia y traspasar a otro, de la mano de una entidad extraterrestre, o de una cosa –el monolito– que permite justamente su salto cualitativo. Para bien o para mal, tal salto cualitativo implica pasar, para el ser humano, de recolector de alimentos a dueño y señor de su destino. La ejemplar elipsis que Kubrick plantea al final de este proceso es apoteósico, pues muestra que el salto cualitativo, el salto histórico, eso que malamente se denomina “evolución”, en realidad es la conquista del conocimiento hasta que este se transforma en tecnología y, con ello, la transformación corporal, intelectual del ser humano, hasta llegar a ser “otro”, hasta llegar a ser el ser humano que, desafiando primero a lo inconmensurable del cosmos –léase esto como “creación”– y luego al universo de estrellas –léase esto como los hogares de otras formas de vida–, es capaz de lograr la trascendencia espiritual, una especie de imbricación con Dios, una comunión espacio-espiritual con lo divino o, si se quiere, lo eterno.

Por lo tanto, la primera imagen, la supuestamente “evolucionista”, nos confronta con las tesis materialistas sobre el ser humano y nos pone en la escena de una dimensión filosófica tal como estaba sugiriendo Kubrick. Con propiedad, quizá sea mejor referirse a esta imagen como la representación del ser humano que traspasa la dimensión material de su existencia a otra, más en relación con el cosmos, al universo, al que pertenece, el que puebla, con ese cuerpo celestial que en sí mismo es divino.

Kubrick, en la mencionada entrevista, de este modo señala, que el corazón de 2001: Odisea del espacio es Dios, pero no en la perspectiva tradicional, religiosa, antropomórfica, ni siquiera “científica”. Es Dios como “potencia” o, en palabras más sutiles, como una energía vital que promueve el florecimiento de la vida misma del cosmos: este en sí pura vida, o como diría Giorgio Agamben (aunque refiriéndose a otro tópico filosófico), la inmanencia absoluta (ver para el caso el capítulo con el mismo nombre en el libro compilado por Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez, Ensayos sobre biopolítica: excesos de vida –Paidós, Buenos Aires, 2007). La película, por lo tanto, nos pone en una tensión, llámese “filosófica” –si la entendemos como el campo que permite desarrollar preguntas ante lo contingente–, entre lo que el ser humano cree que es esa potencia y que permite el desarrollo de lo material, frente a esa potencia, a esa inmanencia absoluta que trascendentalmente más bien permite el conocimiento de sí, el conocimiento del alma como fundamento de la vida.

La nave espacial, cuerpo maquínico.

Ahora bien, pienso que dicha tensión está presente en ese terreno determinante y fundamental para la ciencia ficción con el nombre de “tecnología”. En efecto, el hueso lanzado al aire y que de pronto se convierte en una nave espacial nos pone en el plano de cómo un artefacto que permite el cambio de la naturaleza del ser humano termina siendo el elemento que le determina, envuelve y, en otro caso, está a punto de reemplazarle. Porque la película basa su estructura narrativa en cómo los artefactos hacen a la vida humana, aun incluso en el espacio exterior. Si el artefacto se convierte en tecnología es porque sirve para matar y luego salir del cuerpo terrenal y apropiarse del cuerpo lunar, del cuerpo exterior. Dicho de otro modo, el artefacto del que se sirve el hombre mono le cambia su cuerpo y su comportamiento, le convierte en una máquina depredadora y, por efecto de su propia condición, modifica al artefacto y se hace con él cuerpo que le permite trasladarse a la Luna, a las lunas de Júpiter o las estrellas.

Secuencia del hueso lanzando al aire y el salto hacia el futuro con la nave espacial.

De este modo, lo que está en juego entre las cuatro partes de la película es cómo el ser humano es un órgano más de esos cuerpos artificiales, esas tecnologías, de esos mundos transterrenos, en el que aquel es amo y señor, aunque después se dará cuenta que, frente a su propia corporalidad material e inteligencia, emerge el rostro casi inclasificable del cuerpo-nave, de la inteligencia artificial, del cuerpo-máquina-espíritu-digital de Hal. Entonces veremos que se cumple con él el ciclo del artefacto convertido en tecnología: uno que es diseñado para llevar al hombre al más allá, el cual termina matándole; si antes era el hueso-que-mata-transformado-en-nave, ahora será el hombre-muerto-transformado-en-despojo-expulsado-por-la-nave-tecnología. En un momento pareciera que el ser humano ha elevado a categoría de Dios a la máquina, a la tecnología. ¿No es acaso esto también un símbolo en el filme que denuncia a la tecnología, es decir, al materialismo tecnológico y tecnocrático? Si el corazón de 2001: Odisea del espacio es Dios, con el rostro maquínico de la tecnología, la paradoja es que en la Modernidad (e incluso la posmodernidad), esta se confunde con Dios; es un dios en el que se cree ver lo trascendente cuando en realidad se ve en él un vacío.

Dave desconectando a Hal.

Cuando David Bowman desconecta a la máquina, profundizamos más ese vacío de esa voz maquínica que se hace pasar por una voz amigable, una voz confiable, una que cree ser humana; nos damos cuenta de que es una voz sintética, creada, simulada y que nos retorna a un estado de niñez, a un estado de vuelta al grado cero de todo origen. Y la pregunta que uno se hace es: ¿no es esa voz vacía de la máquina, a la que se la antropomorfizado, en la que el ser humano se refleja como su doble, la voz vacía de su creación que es a imagen y semejanza?

He ahí, por lo tanto, otra imagen que es clave de la película de Kubrick: esta nos obliga a repensar hasta qué punto el cultivo de la tecnología como fundamento de la Modernidad, matando y haciéndonos olvidar a lo inmanente absoluto, ha hecho nos creamos en dioses también absolutos. Las ciencias y las tecnologías muchas veces funcionan como dispositivos o como narrativas que hacen olvidar y reemplazar a lo divino, a lo fundamental del espíritu.

Kubrick en el set de filmación de “2001: Odisea del espacio”.

Kubrick se ha cuidado de no hacer una película explicativa, demasiado retórica o harto banal, donde el tema se exponga en sí mismo. Por eso decía, al inicio de este ensayo, que 2001: Odisea del espacio rompe con las convenciones de hacer cine, más aún, comercial, y, al mismo tiempo, impone una visión desde la ciencia ficción que le hace cambiar de horizonte. Es una ciencia ficción distinta, filosófica, que abre preguntas y a la que siempre vemos con ojos azorados sus imágenes-signo, sus imágenes-metáfora. Confieso que esta película la he ido viendo por más de 200 veces –y no es una exageración– desde mis 15 años y cada vez más me sigue inquiriendo, me sigue provocando preguntas y respuestas posibles, por lo cual la considero una de las obras de arte que, con el paso del tiempo, sigue siendo insuperable y una, por no decir, la única, de las mejores –en el mismo nivel, a mi gusto está la película de Andrei Tarkovsky, Stalker (1979)–. Eso, a mi modo de ver, es el arte del cine: no debe explicar ni resolver, tan solo dejar abierta cada imagen que le compone a la contemplación y a la inquietud. Por algo Kubrick decía, en la misma entrevista realizada por Playboy antes indicada, que la interpretación de su película está sujeta a la subjetividad de cada espectador; en realidad declaraba: “Cuanto se podría apreciar La Gioconda hoy si Leonardo hubiera escrito debajo del cuadro: ‘Esta mujer está sonriendo sutilmente porque tiene los dientes corroídos’ – o ‘porque está ocultando un secreto de su amante’. [En realidad,] le hubiera bloqueado la apreciación al espectador y le hubiera encarcelado en otra ‘realidad’ distinta a la propia. No quiero que eso pase con 2001”. Tal declaración cierra la posibilidad de una única interpretación y, más bien, que el espectador tenga una experiencia con el filme, pero no una experiencia de entretenimiento, sino una experiencia con lo transcendente mediante las imágenes que deben “sentirse”, que deben “oírse”, que deben apropiarse.

Finalmente hay que afirmar que 2001: Odisea del espacio es una película que sigue siendo más actual que nunca, pese a sus 50 años: por más que la “acción” tenga la frontera del año 2001, en realidad, es la ventana hacia un siglo XXI en el que con más fuerza debemos preguntarnos sobre el ser humano ante el imperio de la tecnología, ante el problema de concienciar que como ser humano, en realidad, hizo su salto histórico gracias a una voluntad eterna que está más allá del periodo que le toca vivir a dicho ser. Este artículo es un homenaje a esta película seminal. (IRM)

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